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Comparto mi artículo publicado en Expansión el 23 de agosto:

Los inversores recién llegados se sorprenden de la escasísima oferta de vivienda en alquiler en España. Son demasiados y con demasiado apetito para una oferta que se reduce a las carteras de los extintos FII, las de vertiente social en manos de las Administraciones, y poco más. Hay que entender que en España, hasta que comenzó la crisis, el alquiler era sinónimo de insolvencia, una tacha o un lastre. El español ha destinando desde hace décadas el 95% de su cartera de inversiones al ladrillo. Y no estaba equivocado: invertir en vivienda era la manera más eficiente de proteger sus ahorros frente al constante empobrecimiento de la peseta; era verdad entonces que “la vivienda nunca bajaba”. Probablemente así hubiera seguido siendo de no haber cedido nuestro país la política monetaria a la UE. Esta, centrada en mantener a raya la inflación y proteger, por tanto, el dinero de los ciudadanos, ha cambiado radicalmente el paradigma al que estábamos acostumbrados dejándonos a la mayoría en fuera de juego. Porque los españoles apenas teníamos dinero que proteger, sino viviendas.

El aprendizaje, abrupto y sangriento, de las nuevas reglas del juego ya está muy avanzado en la sociedad. Si bien es cierto que una buena parte de los que alquilan son compradores frustrados por causa de la inestabilidad laboral o del parón hipotecario, una gran cantidad de ciudadanos optan libremente por el alquiler porque han visto de cerca que la vivienda sí baja, que las hipotecas comprometen el patrimonio personal, presente y futuro, y que ser propietario además de derechos conlleva obligaciones graves. Por último, los cambios sociales y laborales (movilidad geográfica, inestabilidad laboral, inestabilidad y desequilibrio en las relaciones de pareja, etc.) han aproximado al alquiler a los más jóvenes, que ya no son presos –o no tanto- de la consideración de estatus que solía otorgar la propiedad de un piso.

Pero un mercado de alquiler no es viable a largo plazo si no hay una correlación entre el precio de la vivienda y la renta que genera. Hasta hace poco el mercado español estaba totalmente desequilibrado; la rentabilidad media se situaba más cerca del 2% que del 3%, mientras que en Alemania rondaba el 7%. Ahora, tras la brutal caída de precios –también de las rentas, pero mucho menor- el rendimiento supera el 5% y en muchos casos alcanza el 6% y hasta el 7%. Por primera vez en mucho tiempo el alquiler es atractivo tanto para el inversor como para el inquilino.

Todo parece indicar, por tanto, el advenimiento de una Edad de Oro del alquiler en España, que en los últimos años ha visto florecer nuevas empresas de gestión e intermediación que están profesionalizando un mercado tradicionalmente opaco.

Pero también hay algunas sombras: la inseguridad jurídica y fiscal de una Administración diversa, voluble y prolífica. Incentivos o desincentivos fiscales al alquiler o la compra; legislación de arrendamientos urbanos, tratamiento fiscal de la desocupación de inmuebles, IBI, limitaciones de uso (como en el caso de la concurrencia con el sector hotelero), etc., influyen inevitablemente en las tomas de decisión de los ciudadanos.

 

Esta crisis, de la que casi todos hemos salido perdedores (y digo casi con toda la intención: tengo en mente un post titulado “los ricos también lloran… de la risa”), no va a dejar paso a un periodo de expansión y bonanza, sino a una larga y penosa economía de postguerra para muchos. Lo cual no deberíamos verlo como algo malo para el conjunto de la sociedad. Si no caemos en el victimismo o en la apatía, es una excelente oportunidad para explicar a las nuevas generaciones los viejos refranes que cayeron en desuso durante la década ominosa: “el que algo quiere algo le cuesta”, “sin sacrificio no hay beneficio”, “a quien madruga Dios le ayuda”, etc.

Y ¿por qué? Porque no se ha hecho nada. Las timidísimas reformas que se han iniciado, aparte de ser insuficientes, incompletas y en ocasiones incoherentes (sirva de ejemplo para el sector, la eliminación de la desgravación por compra de vivienda), han tardado tres largos años en ponerse en marcha. Años que han servido para acumular, junto al stock de vivienda, un impresionante stock de mano de obra parada. Para destruir cientos de miles de pequeñas empresas. Para desleír el otrora modélico sistema de bancos y cajas. Para afianzar un sentimiento de desánimo y desconfianza en el futuro.

Los líderes económicos y políticos extranjeros han decidido que les sale más a cuenta mantener una España adormilada y con respiración asistida que acometer la costosa e incierta tarea de rescatarla. Se conforman con unas cuantas reformitas y unos cuantos esfuercitos fiscales ya que son suficientes para evitar que sus intereses económicos se vean afectados a corto plazo. Y esperan que el tiempo lo cure todo, que el mundo y sobre todo Europa tiren de un carro al que nos subiremos aunque sea con los pies arrastrando.

Si fuera verdad que España ha superado la amenaza de default, la sangre –el dinero- volvería a correr por las venas del sistema financiero. Pero no es así ni va a ser al menos durante todo este año, perdido de nuevo por las veleidades de los políticos y de algunas de sus terminales, como el Banco de España.

En este sentido, lleva razón Galindo, presidente de APCE (la patronal de los promotores) cuando dice que, para recuperar una velocidad de crucero de 300.000 viviendas al año –la demanda natural de España- se necesitaría financiación por 70.000 millones de euros para el sector durante los próximos cuatro años. Esta es la verdadera prueba del algodón: la crisis terminará cuando se vuelva a la normalidad promotora. Lo demás son trucos contables y palabras huecas. Les dejo este interesante artículo del Jordi Sevilla al respecto: “Más ladrillos con ordenador”.

La semana pasada nos trajo dos noticias que merecerían que el riesgo-país se descarrilara de nuevo. La primera, la nueva caja quebrada, la CAM, que es la cuarta del país. Si ayer domingo compraron El Mundo o El País habrán podido leer cómo se fraguó este nuevo fiasco. Además, aparecen todos los ingredientes que podrían hacer de la historia de esta entidad alicantina una exitosa serie para pasar las veladas de los lunes (Terra Mítica, El Pocero, Martinsa, el dueño del Hércules, luchas políticas, viajes, salarios y otros lujos,…). La segunda, el reconocimiento de Portugal de que manipuló los datos del déficit.

Sobre la CAM: No voy a repetir los argumentos que expuse en los artículos en que analicé el decreto de recapitalización del Banco de España -aquí y aquí los tienen si los quieren volver a leer-; me limitaré a recordar que, si no se hacen las cosas bien, con el tiempo –y en este caso no ha sido mucho- las cosas se acaban descubriendo. España está enladrillada, ¿quién la desenladrillará? Está claro que el BdeE, que cuenta con inspectores en la caja desde hace tres años, no está por la labor. Que nadie crea, por otra parte, que esto es una excepción: la CAM no es la única entidad cuya podredumbre afecta a su supervivencia. Y ¡ojo!, todo esto sin tocar nada de lo de la dación en pago (CasaxHipoteca).

Sobre Portugal: Al igual que cada vez que una entidad financiera tira la toalla se acaba sabiendo que su mora real era muy superior, siempre que un país reconoce su incapacidad para autogestionarse conocemos datos que hasta entonces estaban ocultos. Pasó con Islandia, con Grecia,… y ahora con Portugal. Saquen sus propias conclusiones.

Y, aparte de estos dos torpedos de grave repercusión internacional, unas cuantas ráfagas de metralla nada desdeñable en una sola semana: bajada del 29% de las ventas de coches, subida del paro en una décima hasta el 20,5%, el euribor supera el 2%, las ventas de grandes empresas no financieras caen el 0,9%, la tasa de ahorro se hunde cinco puntos hasta el 13% (y sin que por ello aumente el consumo).

A esto le llaman en la tele la “lenta senda de la recuperación”. En los años 40 debían decir cosas parecidas en “el parte”, supongo.









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