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Que nadie espere mágicas soluciones ni teorías revolucionarias. El profesor Gay de Liébana es nada más, pero tampoco menos, que “un trovador de cuentas, balances y cuentos financieros”. Don José María acaba de publicar una obra imprescindible para conocer la situación financiera de la España de hoy, “España se escribe con E de Endeudamiento” (Deusto, 2012).

“No saber administrar con cordura el superavit es la antesala del deficit”

“¿Políticos? ¿Para qué? Creen que fabricando leyes y más leyes todo se arregla.”

“Lo que Hacienda no se atreve a hacer con la gran empresa lo compensa acosando a las pymes.”

“Mientras que algunas empresas del Ibex 35 lucen fondos propios del 10 por ciento de su financiación total, las pymes muestran un seguro colchón de fondos propios del 50, 60 o 70 por ciento.”

Este ramillete de frases del primer capítulo expresan muy bien el tono del libro. Pero Gay de Liébana no es un predicador. Antes al contrario, esta obra es un compendio de docenas de cuentas financieras de España S.A., además de una útil guía para aprender contabilidad y, lo que es más importante, aprender a detectar las tretas de la ingeniería contable.

La primera parte del libro la dedica a desentrañar las cuentas públicas. Muy útil resulta el concepto de “pasivos en circulación” de las Administraciones Públicas, que recogen todo el endeudamiento público, y no sólo el que computa como “Deuda Pública”. Tres notas reseñables de esta parte: 1) la necesidad de soltar lastre del pasado elaborando Presupuestos de Base Cero; 2) la imposibilidad de devolver en plazo y forma la deuda pública acumulada; 3) la convicción de que, sin una bajada notable de impuestos y de gasto público –la grasa del Estado- difícilmente podrá la actividad privada tirar del carro.

A continuación un repaso detallado a las cuentas de algunos de los protagonistas de la burbuja: La red de aeropuertos, Spanair, Ferrovial, Sacyr, Metrovacesa, Martinsa-Fadesa, Reyal Urbis, Colonial, Astroc, ACS, Acciona, FCC y OHL. Las vergüenzas de sus endeudados balances comentados con lucidez y buen humor.

El libro continua con el análisis del sistema financiero, con especial atención a las cajas de ahorro y a Bankia. Gay de Liébana deja algunas preguntas en el aire para que el lector se las responda:

“¿Era necesaria su desaparición (de las cajas)?

¿Las mataron porque interesaba eliminarlas? ¿Fue la clase política culpable del desaguisado?

¿A qué intereses responden las fusiones en frío?

El dinero público, ¿debe destinarse a restañar heridas bancarias o a dinamizar la economía productiva?”

Y termina esta parte con una comparación odiosa: el balance del sistema financiero de Andorra: “banca con típico sabor tradicional, a salvo de tentaciones sofisticadas.”

El siguiente capítulo es uno de los más sabrosos del libro: se desmenuzan las cuentas financieras de las empresas no financieras del Ibex 35. Más de una sorpresa aguarda al lector. Don José María no sólo desnuda las empresas del establishment sino que, a continuación, las pone en evidencia al comparar sus cuentas con las de cuatro empresas familiares –de diferente tamaño y sector- que lo han hecho y lo están haciendo muy bien a pesar de la crisis: Inditex, Mercadona, Damm, y el Real Club de Tennis de Barcelona.

Como buen catalán que es, Don José María ha incluido, además, dos capítulos que desvelan la situación de la Liga de las Estrellas y, específicamente, del Madrid y del Barça. Capítulos que sin duda elevarán las ventas del libro pues para muchos aficionados sin mayor interés en la economía puede resultar acicate suficiente como para hacerse un útil y documentado regalo de Reyes.

Concluyendo: una obra de lectura y de consulta, que aporta muchísima documentación muy bien interpretada -yo ya la tengo convenientemente subrayada y marcada-. Y con reflexiones que ojalá los que dirigen el país tengan en cuenta. Por la cuenta -nunca mejor dicho- que nos trae.

 

Que no, José Luis, que quien te ha dicho eso no tiene ni idea de cómo funciona esto. ¿Quieres saber lo que pasaría si mañana el banco anuncia que se cancela el dividendo para este año? De entrada, la acción se hundiría; en seguida se contagiaría a los demás bancos del sistema y probablemente el IBEX sufriría una caída mayor que la de octubre de 2008. En segundo lugar, ¿cómo crees que respondería el mercado ante nuestros vencimientos de deuda y todas las nuevas emisiones? Por último, yo no sé si eres consciente del terrible daño que se infringiría al consumo si dejáramos de proveer de dividendo a los pequeños ahorradores españoles. ¿Cómo te crees que paga la gente las vacaciones o la Navidad, ahora que ya no hay bonus?

El statu quo pensó que ofreciendo en sacrificio la casa de lenocinio en que se habían convertido las cajas en la última década los “dioses” se calmarían. De hecho, a algunos banqueros se les hicieron los ojos chirivitas pensando en la enorme cuota de mercado que ganarían y encima a precio de saldo.

Pero ni la crisis remite ni los presidentes de los bancos miran más allá del corto plazo. Así, un Gobierno débil, desinformado e incompetente –espejo de una España hedonista, telecinquera y progre de salón- ha sido el medio más eficaz para transformar nuestra moribunda partidocracia en un bancopolio que, afortunadamente, empieza a resquebrajarse, aunque quizá demasiado tarde para salvar los muebles de nuestra economía.

¿Lo que es bueno para la banca es bueno para España? (1) No cabe duda de que la fábula de que “la banca española es la más solvente del mundo” permitió en los primeros años de la crisis que nuestros bancos más importantes mejoraran su liderazgo y cuota de mercado con significativas compras y adquisiciones en mercados tanto emergentes (Brasil, Turquía, China, etc.) como consolidados (Gran Bretaña, EEUU). Pero hemos llegado al final del camino con las cuentas públicas exhaustas y la economía real en plena desintegración. Al final, General Motors tuvo que ser intervenida por el Estado americano como la banca española también lo será, bien por el FMI, bien por el EFSF (puesto que el Estado español ya no da más de sí).

¿Y por qué? Porque mientras todo esto sucedía el activo de la banca no reconocía el valor real de casi un billón doscientos mil millones de euros de riesgo afecto al ladrillo: unos 450.000 millones prestados a promotores y constructores, y unos 700.000 a particulares a través de hipotecas. Con un paro que rondaba el 20% ya al cabo del primer año de la crisis, y un brutal aumento del gasto público que disparó el deficit e hizo crecer la deuda a velocidad de vértigo sin apenas efecto en el crecimiento, las alarmas se dispararon entre los inversores internacionales.

Pero el Gobierno encontró un buen argumento para dejar tranquilos a los mercados: 1) En España no hay dación en pago, por lo que la mora hipotecaria es baja y lo va a seguir siendo; 2) las constructoras españolas están muy internacionalizadas y, salvo alguna excepción, son capaces de dar servicio a la deuda e incluso de devolverla; 3) el crédito-promotor es más problemático pero con todo el colchón de provisiones el sistema financiero está a salvo. Además, “¿de verdad creen que el suelo vale cero? Intenten comprar por cero un suelo y ya verán lo que les dicen… (así respondieron en Londres los funcionarios del Banco de España a los inversores más escépticos hace unos meses).

Además, el BCE suavizó las tensiones con sus barras libres de liquidez y con la vuelta a los tipos bajos (aunque a muchos les parezca que el 1,5% sea un tipo alto, no me negarán que es históricamente bajo), lo que permitió a la banca seguir generando importantes beneficios incluso en este escenario de crisis profunda.

Pero también el Gobierno hizo su parte: Por un lado, modificando leyes de tapadillo, como la que les permite valorar el suelo urbanizable por sus supuestas expectativas y no como suelo rústico, o como aquella otra que ha favorecido la supervivencia de cientos de inmobiliarias a pesar de estar en causa de disolución. Por otro lado, haciendo la vista gorda ante la manipulación de las estadísticas de los precios de la vivienda, que recogen caídas muy inferiores a las reales –de esa manera evitan dotar más pérdidas-. Además, han consentido la utilización de financiación del tipo subprime para la venta de los pisos de sus balances; o la aprobación de convenios para superar concursos de acreedores (como el de Martinsa Fadesa) que constituyen una auténtica burla para la ciudadanía. Incluso el Estado se ha visto obligado a avalar sus emisiones y las renovaciones de los vencimientos de todo tipo de entidades. Por último, hemos destinado una respetable cantidad (aunque ínfima a tenor de la gravedad del problema) a través del FROB para reforzar los fondos propios de las entidades.

Pues ni con esas ha sido suficiente. Y es lógico: ¿Cómo pretenden que alguien se crea que la vivienda sólo haya bajado un 18-20% al cabo de tres años y medio de crisis? ¿Qué fiabilidad tienen las cuentas de las entidades si cada vez que cae alguna caja –CCM, CajaSur, CAM- resulta que eran “lo peor de lo peor” y su mora real superaba al menos tres veces la reconocida? ¿Quién se va a creer que es un problema “coyuntural” cuando la tasa de paro sigue en aumento y el PIB crece –y eso que está bien cocinado- entre el 0 y el 1?

Mientras tanto, durante estos cuatro años que llevamos de crisis, y gracias a las múltiples ayudas arriba mencionadas, el conjunto de las entidades de crédito del país ha obtenido entre 15.000 y 20.000 millones de euros de beneficio por año. El sentido común, la responsabilidad y la decencia invitan a pensar que las entidades habrían llevado estos beneficios a reservas, con el fin de recapitalizarse y así protegerse frente a lo que pueda venir, además de liberar al Estado de las ayudas y cargas mencionadas, ¿verdad? Pues no. Nada más lejos de la realidad. Han repartido dividendo (obra social, en el caso de las cajas) a tutiplén. ¿Y por qué? Pues léanse de nuevo el primer párrafo de este post. Pero no olviden una cosa: todos y cada uno de los españoles hemos subvencionado los cuantiosos dividendos que los accionistas de los bancos (o la obra social de las cajas) han recibido durante estos años.

 

Sin embargo, algo está cambiando. Entre el martes y el viernes pasado han trascendido tres noticias que pueden hacer tambalear el bancopolio:

La primera, la  noticia de Expansión que advertía que “los populares forzarán a las entidades a asumir el valor real de los activos de mala calidad. Después se acometería una segunda ronda de recapitalización con fondos europeos”. Europeos porque no queda otra: en España no hay ni un duro. ¿Buenos propósitos que veremos en qué quedan cuando lleguen al poder? A lo mejor simplemente se adelantan a lo que consideran ineludible…

La segunda, la advertencia de Durao Barroso: Recapitalización sí, pero, de entrada, que los beneficios de los bancos se destinen lógicamente a recapitalizar y no a dividendo. Verde y con asas. (Ni a la AEB ni al Gobierno les gusta, ¿extraño?)

La tercera: el FMI viene por aquí esta semana a hacer sus propios test de estrés de la banca, “para hacer un seguimiento de la labor supervisora (o sea, del Banco de España), y evaluar las eventuales necesidades de fondos de las entidades financieras españolas”.

Ya no somos tres o cuatro blogueros semidesconocidos: la mierda rebosa la alfombra, el atasco en el WC se desborda hace tiempo, y aunque aquí hagamos como si no huele (quizá nos hemos acostumbrado) cada vez que entra en el piso uno de fuera nos mira con la misma cara de sorpresa que pone el bombero que accede, alertado por los vecinos, al hogar de uno de esos ancianos afectados por el síndrome de Diógenes.

 

 

(1) En los años 50 Charles Wilson, presidente de General Motors, pronunció esta frase que ha llegado hasta nuestros días: “Lo que es bueno para GM es bueno para Estados Unidos”.

 

El martes estuve en la sugerente sesión del IESE “¿Saldremos de la crisis?” con tres ponentes que dieron sin duda la talla: Juan José Toribio, Antonio Argandoña y Javier Díaz-Giménez. La charla fue intensa en contenido y mensajes, algunos de gran calibre, como la denuncia de Díaz-Giménez de que el Euro está mal concebido desde el principio, abocado al fracaso. Lejos de intentar resumir lo que allí se contó, transcribo, de memoria, las frases que más me impactaron:

“Las soluciones keynesianas han fallado. ¿Por qué se sorprenden, si siempre ha sido así? No se entiende la adoración por Keynes.”

Por lo que escucho y leo, este es uno de los temas más debatidos en la economía. Por un lado están los que dicen que fueron las políticas keynesianas las que sacaron a EEUU de la Gran Depresión. Por otro, los que piensan que la Depresión fue “Gran” precisamente porque el abrumador peso del Estado (New Deal) retrajo la inversión privada por demasiado tiempo, lastrando la recuperación. Obviamente el profesor Toribio se enmarca dentro de estos últimos. A mí me parece, desde el mero sentido común 1) que los ciudadanos y empresas sabemos asignar mejor los recursos que los políticos; 2) que el Gobierno, en crisis, tiende a entorpecer más si cabe que habitualmente el discurrir de la vida y de los negocios. Y además está la cruda realidad: tres años de estímulos fiscales no han servido para nada. Bueno, sí, para agravar más el problema, puesto que ahora sufrimos una nueva crisis que añadir a la que ya teníamos: la de la deuda soberana. Recomiendo la lectura de este artículo de mi vecino de blog.

“La vuelta a la recesión, ¿es posible? Sí. ¿Es probable? No.”

Esto es lo que el FMI concluye en su último boletín económico, según explicó el profesor Toribio. Y añade: las medidas de austeridad se deben aplicar lo suficientemente rápido como para recuperar la confianza de los mercados, y lo suficientemente lento como para que no empujen a la recesión. Casi, casi, una lección taurina de cómo se debe manejar la muleta.

¿Algún mensaje más del FMI? Sobre Occidente, nada nuevo que no sepamos; y sobre los emergentes, un menor crecimiento esperado en la medida en que nuestro consumo descienda y los precios de las materias primas bajen. Acerca de los cada vez mayores riesgos de explosión de burbujas en China o Brasil, ni una palabra. Supongo que no quieren oír ni hablar del tema.

“Si te gusta el deficit, entonces te han de gustar los mercados. Y si no te gustan los mercados, olvídate del deficit.”

Díaz-Giménez resume bien en esta frase la paradoja en que se ha acomodado un amplio sector de nuestra sociedad. Deficit significa que ingresas menos de lo que ganas. Para cubrirlo, por tanto, tienes que acudir a alguien que te lo preste (el mercado). Así pues, si optas por gastar más de lo que ingresas como forma de vida, estarás en manos de quien te paga la fiesta. Si no te gusta que te cobren un interés (prima de riesgo) lo tienes muy fácil: ajústate a tus ingresos y serás libre. El mercado no es un demonio, sino que más bien los Estados son demonios para los que prestan dinero, por su riesgo real de quiebra.

“Esta gráfica muestra la caída de precios de la vivienda -que yo, sinceramente, no me la creo-”

Así de sincero se mostró Argandoña en un pase rápido de las diapositivas de su presentación. De hecho, el comentario se lo podía haber ahorrado y no hubiera cambiado el mensaje. En esta parte de la presentación quiso remarcar la falta de confianza en un sistema financiero cuyo regulador, al mismo tiempo, nos dice que ciertas cajas de ahorros valen un euro mientras que otras valen miles de millones de euros. Si bien es cierto que la burbuja no se ha desinflado del todo, también lo es que la diferencia entre los precios de la calle y las estadísticas que maneja el Banco de España son abismales. Esto, que lo he denunciado en unos cuantos posts, lo ratificó Argandoña en ese breve comentario como de pasada. ¿Y por qué es tan relevante? Por cómo se calculan las pérdidas de la banca: morosidad por pérdida de valor. Si sube la morosidad, más pérdidas. Si bajan los precios, más perdidas. Y lo que se está haciendo es un reconocimiento de la bajada de precios lenta, acompasada a la capacidad de nuestro sistema financiero de dotar pérdidas sin riesgo de quiebra. Aún así, como hemos visto, algunas cajas han sido incapaces de seguir el ritmo de la media del sector.

“Dejar de pagar no es una opción si pretendemos seguir pidiendo prestado en el futuro”

Es obvio. Solucionar el problema dejando de pagar es crear un problema mayor: la pérdida de confianza será enorme, se tarda décadas en recuperar. Y vamos a seguir necesitando financiación de una manera o de otra.

“Alemania lo único que quiere es 1) que les mantengamos los hoteles abiertos, 2) que les compremos máquinas, 3) que les paguemos”

Asevera el profesor Argandoña que a Alemania no le importamos nada en absoluto. Y sólo en la medida en que vea peligrar sus intereses económicos se sentará con nosotros, de la misma manera que uno se sienta con el banco para ver cómo renegocia su hipoteca.

“Nadie nos va a ayudar, nadie se va a hacer cargo de nuestra deuda: tenemos que salir solos de esta. Y los que nos van a sacar son las empresas.”

Ni China, ni Brasil, ni Alemania, ni los árabes. Primero, porque no pueden. Segundo porque, aunque pudieran, nadie da duros a cuatro pesetas. El profesor Argandoña terminó con este mensaje que enseguida me recordó a aquella campaña institucional con que he titulado el post. Y no se trata de fomentar un optimismo tontuno e inconsistente como fue lo de estosololoarreglamosentretodos, sino de imbuirnos de un espíritu similar al de la Alemania de posguerra o de la Corea (del Sur) de los noventa. O de la América de casi siempre. Por supuesto confiando en la empresa y en el individuo, en el ejército de autónomos y Pymes que empujan del carro y sostienen gran parte del resto. Para eso se necesita un plan, un líder, una visión de largo plazo y un nivel de unidad/cohesión francamente elevados. Y me temo que no lo tenemos. Siento no ser más optimista, pero no confío en que el 20N vaya a cambiar mucho las cosas. Ojalá me equivoque.

Tres años y medio después de que se parase el sector inmobiliario, con la misma violencia que la de un tren-bala que se estampara contra un muro, la burbuja sigue sin deshincharse. Aquí, por las buenas no hacemos nada. Y a eso hay que añadir la memoria genética de los banqueros: en la última crisis inmobiliaria, llevando a la práctica hasta sus últimas consecuencias el “dolce far niente”, las cosas volvieron a su cauce en un periodo “breve” de cuatro o cinco años. ¿Por qué? Por dos razones fundamentalmente: la devaluación de la moneda, y una inflación elevada. Así, en muy poco tiempo, los activos denominados en pesetas bajaron alrededor de un treinta por ciento sin que los que vivíamos dentro nos diéramos cuenta: de ahí el mantra de que “la vivienda nunca baja”.

Desde que empezó la crisis, y con la excepción de 2010, la inflación ha sido muy baja, por lo que el ajuste por esa vía ha tenido poco impacto. Por otro lado, nuestra pertenencia al Euro no nos ha permitido jugar con devaluaciones competitivas que sí que ha aplicado, por ejemplo, el Reino Unido.

A corto plazo, la subida de tipos de Trichet (que se espera que alcance al menos el 1,75% a lo largo del año) puede ser vista (desde luego que lo es) como una amenaza para la economía de las familias españolas. Pero, ojo, también lo es para el balance de los bancos. La Asociación Hipotecaria Española (AHE), que viene a ser la patronal de la banca bajo otros ropajes, advertía con cierto cinismo el viernes de que la decisión de subida de tipos del BCE era una amenaza para la recuperación del mercado inmobiliario, dado que implica unas condiciones menos favorables para el acceso al crédito. Más bien al contrario, una subida de tipos lo que va a suponer para la banca (y para todos los propietarios de vivienda en general) es la mengua del valor de los pisos; la reducción de los precios de venta de los inmuebles: sólo así podrán adecuarse las cuotas hipotecarias a los salarios de los españoles.

Pero también le supondrá a la banca un aumento de la morosidad hipotecaria: como me he hartado de repetir una y otra vez, la subida de tipos nos importaría un bledo si nuestras hipotecas estuvieran referenciadas a tipos fijos, pero no es el caso. Sinceramente aspiro a que podamos volver a ese modelo, mucho más conservador y más protector de las familias a largo plazo. Pero para ello sólo hay dos caminos: un periodo de gran sufrimiento económico, pero breve; o la japonización de la economía para una larga temporada. El problema es que este último tampoco es garantía de éxito: Japón lleva así dos décadas sin un horizonte claro.

Si en algo coincidimos todos los afectados (Banca, políticos, ciudadanos) es que no nos apetece sufrir; especialmente a los ciudadanos, que llevamos demasiado tiempo agonizantes y sin perspectiva. Pero la agonía se puede eternizar si no cambiamos el modo de enfrentar la crisis. Miremos al largo plazo.

En “Adiós, ladrillo, adiós” explico cómo fue el BCE el que evitó el default masivo de familias (ergo bancos) cuando rebajó a toda pastilla los tipos de interés al tiempo que abrió ventanillas de liquidez ilimitada para el sector financiero. También cuento cómo esto nos vino muy bien a título particular, pero se ha convertido en un cáncer para la nación. ¿Por qué? Porque supuso una clara intervención del mercado que provocó que los pisos se mantuvieran artificialmente altos, impidiendo el ajuste y alargando la crisis. Así, los vendedores dejaron de tener prisa o presión por vender, y los compradores se hartaron de esperar oportunidades que nunca llegaban. Oferta y demanda no se han cruzado durante estos años con normalidad salvo en un caso: en el de los activos de la propia banca. En efecto, las entidades financieras -que sólo se guían por el beneficio contable, la tasa de mora, y los condicionamientos del Banco de España- han usado su triple condición de propietarios, financiadores y vendedores (en una clara distorsión de la libre competencia) para aligerar sus balances de activos en una clara huída hacia delante, dejando tras de sí un reguero de nuevos perjudicados o “euriborizados” seducidos por los mismos ingredientes que nos llevaron a la catástrofe.

Mirando el largo plazo, mirando la herencia que dejaremos a los que vengan detrás, nada hay más conveniente que una subida de tipos. Sólo así los políticos empezarán de una vez a tomar medidas que empiecen a cambiar el modelo hipotecario; sólo así haremos la limpieza necesaria para poner el contador a cero y empezar de nuevo a hacer un país –esperemos- que no base su crecimiento en el crédito, en la deuda. Porque la deuda no es sino gastar hoy lo que vamos a ganar mañana. ¿Qué buen padre se gastaría lo que su hijo todavía no ha empezado a ganar?

En el camino recorrido hasta la fecha, los inmuebles ya se han dejado entre un 20% y un 30% de su valor (¿alguien lo sabe a ciencia cierta?). La bajada necesaria para cerrar el ajuste ya no es tan grande, alrededor de un 25% más, de media. El esfuerzo merece la pena. Y si nos lo tiene que imponer Trichet, bienvenido sea.









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