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Les transcribo parte de una conversación que mantuve hace unos días con un promotor que –espero que me perdone- llamaré zombi:

“(…) Todas nuestra unidades tienen hipotecas con importes bastante superiores al su actual valor de mercado. Esto hace que sean imposibles de comercializar por lo que ni siquiera las estamos ofertando. Todos estos proyectos van por la 2ª o 3ª ronda de refinanciación sin que las entidades acepten daciones. (…)

(…) Tan solo en un caso hemos llegado a un acuerdo con la entidad bancaria para que ellos acepten una quita importante (25%-35%) sobre la hipoteca. En este caso en particular sí estamos vendiendo varias unidades al mes. Obviamente esto no nos produce ingreso alguno pero reducimos pasivo y nos permite liquidar ordenadamente. Sinceramente pienso que este es un buen camino para los bancos. Mucho más lógico que la dación o la ejecución. Lamentablemente casi ninguno lo entiende así. (…)

(…) Creo que quienes están impidiendo que se liquide el stock son las entidades financieras. Les proponemos soluciones reales y viables para liquidar conjuntamente pero son poquísimos los que entienden que esto es una guerra común. (…)”

Ahora el que les habla es un promotor sano, es decir, de los que hasta ahora han podido aguantar por tener un balance equilibrado pero que, si esto sigue mucho más tiempo, también acabará cayendo. Su base de operaciones es un barrio de clase medio-alta de Madrid:

“(…) Se vende, pero a un ritmo más lento y el comportamiento del cliente ha cambiado, cuesta más vender, el cliente se lo piensa mucho más, mira mucho más los precios de la zona. Además los clientes piden ahora pide viviendas con una mayor superficie, es decir, habitaciones más grandes, y a un precio inferior.

(…) Si por ejemplo en el año 2006 se vendía una vivienda de 100 m2 construidos por 300.000, ahora se pide una vivienda de 120 m2 por ese precio menos el 30% de descuento. Esto significa que aunque los precios han caído un 30% en valor absoluto, en términos de precio/m2 ha caído más todavía, más bien en el entorno del 40%.

(…) Parece que ahí encontramos un suelo, puesto que nosotros llegamos a ese descuento en el 2010 y lo hemos mantenido y seguimos vendiendo, despacio, pero vendemos. También nuestra forma de construir está posicionada en la calidad, damos un valor añadido que la gente valora, por lo que también depende del tipo de producto, pero lo que nosotros construimos se ha quedado ahí. Creo que es porque cada vez hay más escasez de oferta. (…)

(…) El problema principal, yo creo que es la incertidumbre. Son muchos los que no saben si van a seguir con su empleo el mes que viene, las previsiones no son nada buenas, y meterse en un hipoteca a 30 o 40 años no teniendo nada seguro, echa para atrás a mucha gente. Al comprador le falta seguridad, estabilidad económica. (…)

(…) En el tema del crédito, por el lado de nuestros clientes no ha habido mucho problema. De la última promoción entregada, de 30 viviendas entregadas, se otorgaron 29 hipotecas (no había préstamo promotor, por tanto no había subrogaciones, cada cliente se las buscaba por sus medios, dificultad añadida) y sólo hubo una denegación de hipoteca a un señor que quería constituir una hipoteca a 25 años teniendo él 64 años… Comentarte que esas viviendas las vendimos con un 30% de descuento y las tasadoras tasaban para la otorgación de hipotecas en un 100% del valor de venta (…)

(…) Creo que hay mucha gente a la espera de ver cómo evolucionan los precios. Nadie quiere meterse ahora en una vivienda y que en un año valga un 10% menos… La vivienda se entiende también como un producto de inversión en este país. Es decir, no es sólo un hogar, estamos acostumbrados a que sea un activo que se revaloriza año a año y se sigue buscando este aspecto. (…)”

Por último, mi conversación con un profesional de una empresa comercializadora para entidades financieras:

 ”(…) Ha habido un parón tremendo de octubre a marzo, no había pasado nada así desde el principio de la crisis. El cambio de gobierno y el tema de la deducción no se han notado absolutamente nada, ya te digo que la bajada de ventas ha sido terrible. (…)

(…) Creo que hay menos demanda de la que se dice. No hay tanta demanda oculta. (…)

(…) El comprador está muy “enseñado”. Ya no sólo se fija en la cuota hipotecaria –que también- sino sobre todo en el precio. Y compara, se peina la zona. Además, aprovechan a tope las tecnologías: en cuanto tocas un precio en la web, te llaman tropecientos (deben tener alarmas). (…)

(…) En las ferias es curioso: hay algunos de los que han pasado por SIMA este año que también pasaron el año pasado y el anterior… ¡son como de la casa! Están esperando que el precio caiga al nivel al que ellos piensan para comprar. (….)

(…) La gente es sensible a los descuentos: en SIMA hemos aplicado algunos muy atractivos y las ventas han ido bastante bien (¡por fin! después del semestre que llevamos) (…)

(…) El precio (en Madrid) ha bajado en el entorno del 30% de media. Y a la gente le cuesta un montón conseguir la financiación. Nosotros tenemos de todo: entidades que la facilitan mucho, y entidades que se desentienden. Te puedes imaginar que en este segundo caso cuesta mucho cerrar. Lo mismo que con los precios: algunas entidades no quieren bajar y, bueno, no se vende ni un piso… (…)”

Como habrán podido leer estos días, las hipotecas se han desplomado más de un 40%;  los precios de la vivienda –según Tecnocasa- han caído otro tanto desde máximos; la morosidad ha superado un nuevo hito, el 8%; ¿hemos tocado fondo? Indudablemente no. El cortafuegos que propuso De Guindos en el comienzo de la legislatura ha sido a todas luces insuficiente. Quizá hubiera tenido efectos en 2009 o 2010, pero ahora hemos entrado en una dinámica muy peligrosa. Un círculo vicioso que no se detendrá con la desagregación que está preparando el ministro de economía (“vehículos”, “banco malo”, o como le quieran llamar). ¿Y por qué no será suficiente? Se lo explicaré en unos días. De momento, quédense con lo siguiente:

Los problemas están en tres niveles:

Entidades financieras:

-         Más preocupadas de las fusiones y absorciones que del negocio

-         Con necesidad de desapalancamiento privado

-         Con incentivos para mantener vivas a las promotoras zombis

-         Sin incentivos para financiar operaciones inmobiliarias

-         Con una fuerte presión para financiar a la Administración Pública

Particulares:

-         Inestabilidad laboral

-         Incremento del coste de la vida (luz, gasolina, transporte, impuestos, tasas, alcohol y tabaco, etc.)

-         Sin prisa para comprar, confiados en que no se ha tocado suelo

Entorno:

-         Sensación de fin de ciclo (bolsa hundiéndose, banca española en tela de juicio, gobierno dubitativo, capitales huyendo, amenaza de rescate,…)

Parón real de la economía (tiendas que cierran, fábricas que despiden, noticias de que los consumos se hunden,…)

Lo dicho, en unos días, más

 

Es un asunto al que llevo dando vueltas hace ya un tiempo pues creo que uno de nuestros males, que posiblemente ha potenciado alguno de los otros, tiene que ver con el cazo que se metió al fijar el tipo de cambio con el Euro a 166,386 pesetas y, tras leer este estimulante artículo de Antonio España, me he puesto con ello.

Cuando entramos en el euro, un café en un bar de Madrid normal y corriente venía a costar unas 80 pesetas. Así, si tu sueldo era de 200.000 Ptas. tu capacidad adquisitiva se situaba en 2.500 cafés al mes.

Poco después tu salario, en euros, era de 1.200. Mientras, el precio del café se redondeó rápidamente al alza alcanzando en poco tiempo 1 €. Por tanto, tu capacidad de compra se redujo en unos pocos trimestres hasta los 1.200 cafés. Una caída del 52%. Vaya broma.

Y, ¿qué habría pasado si el cambio se hubiera fijado en 100 Ptas.? Pues que, con redondeo incluido, tu capacidad de compra también se hubiera mermado, pero no tanto. 2.000 cafés, o sea, una caída del 20%.

(Adviertan que estoy simplificando mucho, pues en ese periodo los salarios también subieron, aunque en mucha menor medida).

Esto del café es un ejemplo que se reproduce en un buen número de productos. Me viene a la mente el típico tiovivo a la entrada de los supermercados, o un futbolín, que antes, para una partida, te bastaba con 100 Ptas. y desde hace ya tiempo cuesta 1 €.

¿Por qué ha sucedido esto? No está de más recordar la teoría de los vasos comunicantes. Según la misma, cuando dos o más recipientes están comunicados por su parte inferior y contienen un líquido homogéneo, éste alcanza en mismo nivel en todos los recipientes, con independencia de su forma y volumen.

La puesta en marcha de la Eurozona supuso poner en contacto sin ningún tipo de barreras y aranceles todos (no todos: persisten demasiados oligopolios) los productos y servicios, con precios denominados en una única moneda. Así, es lógico que los precios tendieran a igualarse. Pero, además, ese igualamiento debería haber tendido a la baja o, como mucho, en algún lugar a mitad de camino, pero difícilmente al alza. No hace falta que ponga ningún ejemplo concreto, pues seguro que muchos han tenido ocasión de viajar por Europa durante estos años y han podido comprobar cómo productos de todo tipo (perfumes, relojes, ropa, automóviles, etc.) han ido convergiendo. Es normal: dentro de un mercado común, si hubiera diferencias de precio –y dentro de un entorno de oferta relativamente abundante-, el arbitraje acabaría poniendo las cosas en su sitio. Lo que no es tan normal es que la convergencia tienda tan acusadamente al alza. ¿Dónde está la explicación? En la deuda.

En efecto, la deuda nos concedió a los españoles –y a otros países del Sur- disfrutar de una falsa sensación de mayor poder adquisitivo. Incluso sin hacer personalmente un uso masivo del dinero barato te podías beneficiar de la coyuntura: si eras propietario de una vivienda, notabas como día a día el valor de la misma no dejaba de crecer; si tenías un comercio o te dedicabas a las ventas, tu facturación marchaba viento en popa. Incluso hubo algo de esquema de Ponzi en la masiva llegada de inmigrantes pues, al aumentar la población y en la medida que más gente implicaba más consumo, la sensación de riqueza se multiplicó.

Pero, ¿por qué se inundó España de dinero barato? ¿Por qué no sucedió lo mismo en los países del norte? ¿Tiene algo que ver con el cambio de 1 euro = 166,386 Ptas.? Pues sí. Está relacionado.

El dinero devino barato por una pura decisión política. La decisión del BCE. Bien es cierto que no fue una decisión tomada caprichosamente: el BCE se vio forzado en cierta manera a rebajar el precio del dinero porque antes lo había hecho la Reserva Federal (follow the leader). ¿Y eso qué tiene que ver? Tiene y mucho, pues se hizo para mantener el tipo de cambio, y para evitar que la empresa europea perdiera competitividad frente a la americana por razón del coste de la deuda.

El precio del dinero fue demasiado bajo para países que, como España, tenían tasas de inflación (los vasos comunicantes) superiores a la media europea y, por supuesto, a Alemania. De hecho, la inflación era superior, en España, al coste del dinero. Estábamos con tipos negativos. Y eso fue lo que incentivó, en buena medida, el desmedido afán financiador de cajas y bancos (el desequilibrio fue aún mayor debido al nefasto papel jugado por el Banco de España y por los sucesivos gobiernos, de lo que ya he hablado en otras ocasiones). Y lo uno llevó a lo otro, y lo otro alimentó lo uno.

Llegados a este punto muchos se preguntarán, con razón, si en efecto el tipo de cambio 1 = 166,386 estaba súperdevaluado (provocando, por tanto, una mayor inflación en nuestro país tras la entrada en vigor de la moneda común). La respuesta es SÍ:

En 1993 y 1994 se produjeron fuertes devaluaciones de la peseta, como fórmula para evitar la posible recesión asociada a la crisis provocada por la ruptura del sistema monetario europeo. A partir de ahí, el Banco de España intervino continuamente en los mercados de cambios, vendiendo pesetas (comprando divisas fuertes contra moneda nacional) para evitar que la peseta volviera a apreciarse, de forma que las reservas de divisas en poder del Banco de España llegaron a alcanzar un nivel record. A ello le movieron dos razones: a) Conservar la ventaja competitiva que España había adquirido mediante las devaluaciones del 93 y 94; b) Mantener estable el tipo de cambio, como condición para acceder al futuro euro, puesto que el Tratado de Maastrich exigía tal estabilidad durante al menos los dos años anteriores a adoptar la moneda común.

En  consecuencia, al incorporarse a la UME, la peseta arrastraba una subvaloración, que quedó solidificada al emitirse la moneda común. Y precisamente por ello sufrimos una coyuntura de tipos negativos que no tuvo lugar en Francia o Alemania: a la entrada en vigor del euro nuestros precios, que habían sido sostenidos artificialmente por el programa de compra de divisas del Banco de España, se dispararon en el nuevo entorno de vasos comunicantes, incentivando todavía más si cabe a nuestras entidades a financiar la actividad empresarial y, en especial, la inmobiliaria.

La inflación ha sido francamente elevada. Este gráfico, elaborado por el profesor del IESE y colaborador de Nada es Gratis Javier Díaz-Giménez, muestra cómo nuestros precios han aumentado un 23% en relación a Alemania. Una pérdida a chorros de competitividad. Y sin embargo no ha sido tan alta como pudiera haber sido en otras circunstancias. Sin el ‘efecto China’, que ha amortiguado las subidas de muchos bienes, la cosa hubiera sido aún peor. O no, porque, al final, el efecto inflacionista se concentró en la vivienda –y en la bolsa-.

La pregunta que nos queda por resolver es: ¿de dónde sacaron las entidades financieras todo ese dinero para prestarnos? Si hubiera sido a cuenta de nuestros depósitos, pronto se hubiera agotado el crédito. Vino de fuera. Sobre todo de Alemania. En este post de J.Jacks se explica muy bien cómo funcionó la mecánica. Les pego este extracto aunque les recomiendo que lo lean al completo:

“Resumidamente, las exportaciones alemanas de BMW a los EEUU pagados en dólares acabaron financiado el “boom inmobiliario” de las hipotecas en euros en la Costa del Sol. Más BMW exportaba Alemania a los EEUU, más dólares pagaban las entidades americanas a las alemanas, más préstamos daban éstas a las entidades españolas, más se endeudaban los españoles.”

Como avisé en mi post de hace tres semanas, la Reforma Financiera, aun ambiciosa, está limitada a la capacidad de aguante del sistema (baste ver las previsiones de Bankia). Hay, sin embargo, muchos economistas –como Juan Ramón Rallo, Carlos Rodríguez Braun o Andrés González- que consideran que hay una manera más eficaz, realista y justa de proceder al saneamiento financiero. El texto a continuación está extraído de este recomendable artículo de Rallo:

“¿Existe alternativa a este despropósito? Sí, y no me refiero a dejar quebrar sin más a las entidades financieras (…) La alternativa justa y pragmática pasa por no rescatar a las entidades con el dinero de los contribuyentes, sino con el de los acreedores. (…)La operación está a la orden del día en el mundo mercantil y se conoce como capitalización de deuda. (…) Bastaría con que convirtiéramos en acciones la deuda basura de nuestras entidades financieras (…) para que el sistema financiero español se recapitalizara en cerca de 200.000 millones. Todo sin meter un solo euro del contribuyente y redistribuyendo los derechos de propiedad sobre los activos bancarios de una manera absolutamente justa: no han de hacerse cargo los contribuyentes, que como contribuyentes nada tienen que ver con las entidades, sino los acreedores.”

Así pues, ya estamos casi a punto de resolver el acertijo en el que nos encontramos y de, si hubiera voluntad y valentía política, de cerrar la puñetera crisis. Pero antes un pequeño detalle que no debe pasar desapercibido. Es más, es clave. Lo malo de estar endeudados no es la deuda en sí –que también- sino los cuantiosos intereses que el país debe pagar día a día (de los que no se acuerda nadie). Y no estoy pensando en los intereses de la deuda pública, conocida y fiscalizada, sino en aquellos que se corresponden con esos préstamos alemanes que han financiado la burbuja de la costa del Sol, como dice J.Jacks. Según el profesor Ricardo Vergés, cada día salen de nuestro país 30 millones de euros con destino Frankfurt, principalmente. 11.000 millones al año. El 1% del PIB. Menuda sangría. ¿En cuánto decían que contribuían las transferencias de la UE para nuestro Producto Interior? Pues eso.

 

 

Coincidiendo con la aprobación de la Reforma Laboral, El País publicaba el domingo un estremecedor reportaje firmado por Carmen Pérez-Lanzac, “Atrapados en el norte”, que relata las penurias de los españoles que han salido a probar suerte fuera de nuestras fronteras. Programas como “Españoles en el Mundo” (o sus versiones autonómicas, como “Madrileños por el Mundo”) nos relatan todas las semanas las maravillas de esos paraísos perdidos, exóticos y lejanos. (Yo mismo, hace unos meses, me puse a buscar como loco en Internet cómo y con qué requisitos podía irse uno a trabajar a Nueva Zelanda, tras ver uno de esos programas).

Sabemos que la crisis está por todas partes, pero los índices de paro no tienen nada que ver con los nuestros… ni siquiera en la quebrada Grecia. Así, cuando vemos a nuestros compatriotas disfrutando de una vida feliz y próspera fuera de nuestras fronteras, en su particular Wisteria Lane, se nos hacen los ojos chirivitas. Y algunos salimos en busca de “El Dorado”. El reportaje de Pérez-Lanzac cuenta las desventuras de los que quedaron seducidos por la calidad de vida de la gélida ciudad noruega de Bergen.

El reportaje incluye algunos datos muy interesantes:

  • Se mencionan a siete españoles recién llegados.
  • Sus edades son 34, 35, 37, 44, 45, 47 y 55 años.
  • Su experiencia laboral está en los sectores de la construcción (albañiles) –la mayoría-, hostelería (camareros) y fábricas (operarios).
  • Un portavoz de la oficina de empleo local hace el retrato-robot de los españoles que andan por allí: “La mayoría tienen entre 25 y 40 años y no disponen de estudios elevados. Están preparados en la construcción o en hostelería, pero no hablan idiomas. Es difícil”.

 
Vayamos ahora con la Reforma Laboral recién aprobada. No seré yo quien mejor pueda explicar los detalles de la misma, pero si quieren profundizar les invito a visitar a mi vecino de blog, Angel Martín Oro, que ha publicado un post que compendia algunas de las mejores reflexiones al respecto, a la que añadiría este artículo del siempre interesante Jesús Cacho.

En términos generales, la Reforma me ha decepcionado por muchas y variadas razones. Es confusa e insuficiente, equidistante y apaciguadora, con los mismos perdedores –los parados y las pequeñas empresas-, y ganadores –sindicatos, ocupados, y grandes empresas- que de una reforma zapateril hubieran resultado. Pero en este post quiero llamar la atención sólo sobre un aspecto: los incentivos fiscales a la contratación. El Gobierno, absolutamente miope en este asunto –o tal vez influido por electoralismo de corto plazo, por miedo a los jóvenes “quinceemeros” o por presiones de váyase a saber quién- ha decidido subvencionar la contratación de todos excepto la de los que se sitúan en el tramo de edad comprendido entre los 30 y los 45. ¿Cómo es posible tamaño disparate?

Desde que empezó la crisis en España hay alrededor de tres millones y medio de nuevos parados. Según palabras de la exministra Salgado, el 70% de éstos provienen de la construcción y sectores relacionados. Unos dos millones y medio. La inmensa mayoría de estos parados –si no la totalidad- tienen entre 30 y 50 años. La inmensa mayoría de estos parados –si no la totalidad- tiene una hipoteca. La inmensa mayoría de estos parados –si no la totalidad- tiene familia a su cargo. La inmensa mayoría de estos parados –si no la totalidad- tiene baja cualificación profesional. La inmensa mayoría de los parados de larga duración –si no la totalidad- pertenecen a esta horquilla de edad. Pues bien, estas personas, las más afectadas por la crisis, no son merecedoras de incentivos a la contratación. De hecho han quedado arrinconadas por el paso adelante que supone el estímulo fiscal para la contratación del resto.

Muchos dirán que el paro juvenil es insostenible etc., etc., y es verdad. Pero, ¿tienen los jóvenes cargas familiares? No. ¿E hipotecas? Tampoco. ¿Y ataduras para buscarse la vida? Las de sus propios prejuicios y comodidades.

Los mayores de 50 años lo tienen muy crudo para encontrar trabajo, es cierto. Sin embargo, una amplia mayoría de ellos ya tiene los hijos criados, sus hipotecas pagadas y, en no pocas ocasiones, una amplia vida laboral cotizada.

El artículo de Pérez-Lanzac es revelador. Los más desesperados, los de treinta y cuarenta. Las víctimas de la burbuja de crédito y del boom inmobiliario.

Al igual que para los actores de cine mudo el mundo se acabó al llegar el sonoro –como retrata la fantástica “The Artist”-; al igual que para los cómicos ambulantes no había trabajo en el pujante cine –como ilustra la no menos genial y española “El viaje a ninguna parte”- los desheredados de la crisis inmobiliaria no contamos para nadie.

Haced las maletas, chicos: viajemos a ninguna parte.

 

De Botín se podrá criticar muchas cosas, pero en ningún caso que es un “hijo de papá”. Cuando tomó las riendas del Banco de Santander, allá por 1986, éste era probablemente el más pequeño de los siete grandes. Hoy es líder en España y uno de los diez mayores del mundo. Probablemente para él hubiera sido más fácil haberse dejado comer por alguno más grande en las fusiones de los años noventa y, así, dedicar el resto de su vida al dolce far niente. Pero Emilio Botín no es de esos. Con admirable habilidad fue escalando posiciones en el ranking nacional hasta llegar a ser lo que hoy día es.

El primer golpe lo dio con la adjudicación de Banesto. Más tarde, se hizo con el ya fusionado Central Hispano. Y adquirió la mayoría de edad y relevancia internacional cuando cruzó el canal para hacerse con el Abbey National Bank. Hace cuatro o cinco años tuve ocasión de ver un video grabado por el propio banco que narraba el cierre de la operación en Londres. En él se puede ver a un Botín eufórico y feliz, sin complejo alguno a pesar de hablar un inglés bastante macarrónico –prueba de que el problema de la mayoría no es el mayor o menor dominio de un idioma sino la falta de confianza en sí mismo-. En un momento determinado alguien –se supone que un periodista británico- le hace una pregunta a Botín sobre la “fusión” con el Abbey que éste no termina de entender. Una vez traducida al español por algún empleado del banco, Botín, sorprendido, responde: “¿Merger? Merger no: acquisition.” (¿Fusión? Fusión no: compra) “Acquisition”, insiste, mientras apoya sus palabras gesticulando con las manos como indicando que uno se come a otro. Botín en estado puro.

Botín aprendió, gracias a Banesto, que el mejor momento para crecer lo proporcionan las crisis. Así que cuando estalló lo de las subprime supo que había llegado su hora y la aprovechó de nuevo, haciendo ventajosas adquisiciones por Europa. Probablemente no era la del Santander –como la de ningún otro banco en general- una situación especialmente boyante, pero se encontró, frente al resto de competidores, con dos hechos diferenciales: Por un lado, la entidad no había comprado titulizaciones de hipotecas americanas; por otro lado, encontró un perfecto aliado en el Banco de España y en el Gobierno que, en lugar de forzar un rápido reconocimiento de las pérdidas inmobiliarias que ya se avecinaban, prefirieron escudarse en las provisiones genéricas como base de la fortaleza de un sistema financiero casi idílico.

Las cosas han cambiado mucho desde 2008. El proceso de concentración y saneamiento de la banca española ha llegado a su momento culmen. La inminente entrada de un nuevo Gobierno en España con la intención manifiesta de atajar el problema de una vez por todas ha disparado todo tipo de rumores en las últimas semanas acerca de cuál va a ser la fórmula elegida para sanear la banca. Así, la prima de riesgo ha dejado su posición como trending topic económico al banco malo.

Botín, que tampoco es ajeno a esta incertidumbre, aprovechó una inauguración del banco en Solares –irónicamente la localidad cántabra donde nació Rubalcaba- para, por un lado, respaldar a Rajoy y, por otro, cargar contra el modelo de banco malo: “El banco malo no me gusta, creo que no es la solución. Sería hacer una cosa que le va a costar dinero al contribuyente y no solucionar que se den los créditos”. Y lo cierto es que lleva razón, como con ironía y desparpajo explica el economista Andrés González en este post publicado el viernes con el título de “La milonga del banco malo”.

Llama la atención el alineamiento de intereses de Botín con el pueblo llano. No voy a poner en duda la sinceridad del banquero cuando usa esos argumentos. Pero tampoco hay que olvidar que el banco malo supondría para su tradicional estrategia –la compra de entidades en dificultades- un fuerte varapalo: el banco malo supone “café para todos”, es decir, que todas las entidades financieras son medidas con el mismo rasero y que, por tanto, todas deben mostrar sus activos tóxicos y traspasarlos a una entidad estatal que eventualmente se ocuparía de gestionarlos desde ese momento. Teóricamente no habría vencedores ni vencidos. Incluso las cajas más perjudicadas podrían volver a la actividad bancaria ya ligeras de peso.

A los peces grandes del sistema financiero no les interesa este modelo, pues no les sirve para comerse a los peces chicos a precio de ocasión. Para ellos, el modelo fetén es el que se ha instrumentalizado en la operación de absorción de la CAM por el Sabadell. Es decir, un modelo de absorciones (merger no: acquisition) pero garantizadas por lo que se ha venido en llamar un “esquema de protección de activos”.

Esto del esquema de protección de activos consiste, en grandes rasgos, en que una parte de las pérdidas potenciales las cubre la propia banca a través del Fondo de Garantía de Depósitos –como su nombre indica es un fondo que recibe anualmente aportaciones de todos lo bancos para garantizar los depósitos en la eventualidad de que alguno quiebre- y, el resto, el Estado, ya sea a través del FROB o de cualquier otro instrumento.

Es bien sabido que España se encuentra en estos momentos en una situación muy delicada y que difícilmente podría garantizar todas las pérdidas potenciales del sistema financiero sin poner en riesgo la propia solvencia del Estado. Además, el propio Rajoy ha insistido en más de una ocasión en que no va a hacer pagar al contribuyente las pérdidas del sistema financiero. Por eso no me parece en absoluto descabellado que los decision makers estén trabajando en el formato que anunció el periodista John Müller el sábado pasado en twitter: “Se copiará el método Sabadell-CAM con un Fondo de Garantía de Depósitos con macrocrédito del EFSF/ESM”.

El modelo puede funcionar –Merkel mediante- aunque tiene, a mi entender, un fallo en origen, y es que parte de la presunción de que las tres, cuatro o cinco entidades que se harían con el resto del sistema financiero están sanas. Y eso no es necesariamente así. De hecho, si lo fuera, no tendrían problemas para captar dinero en el interbancario; ni tampoco para renovar sus vencimientos o para lanzar nuevas emisiones; ni necesitarían aumentar sus comisiones para mejorar sus números; ni su principal fuente de negocio sería la toma de liquidez al 1% en el BCE para prestarle al Estado al 5%.

Son entidades con problemas; probablemente con menos problemas que las demás, pero con problemas graves al fin y al cabo. Y no parcelar y acotar el riesgo de cada una de las entidades puede tener como consecuencia la concentración del riesgo en un ramillete de entidades sistémicas. Una auténtica bomba de relojería.

Es importante recordar que más allá del banco malo y del esquema de protección de activos hay vida inteligente. En este artículo de Juan Ramón Rallo se explica con sencillez el modelo que, al menos a mí, me parece el más justo: capitalización de deuda. Pero no caerá esa breva.









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