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Esta crisis, de la que casi todos hemos salido perdedores (y digo casi con toda la intención: tengo en mente un post titulado “los ricos también lloran… de la risa”), no va a dejar paso a un periodo de expansión y bonanza, sino a una larga y penosa economía de postguerra para muchos. Lo cual no deberíamos verlo como algo malo para el conjunto de la sociedad. Si no caemos en el victimismo o en la apatía, es una excelente oportunidad para explicar a las nuevas generaciones los viejos refranes que cayeron en desuso durante la década ominosa: “el que algo quiere algo le cuesta”, “sin sacrificio no hay beneficio”, “a quien madruga Dios le ayuda”, etc.

Y ¿por qué? Porque no se ha hecho nada. Las timidísimas reformas que se han iniciado, aparte de ser insuficientes, incompletas y en ocasiones incoherentes (sirva de ejemplo para el sector, la eliminación de la desgravación por compra de vivienda), han tardado tres largos años en ponerse en marcha. Años que han servido para acumular, junto al stock de vivienda, un impresionante stock de mano de obra parada. Para destruir cientos de miles de pequeñas empresas. Para desleír el otrora modélico sistema de bancos y cajas. Para afianzar un sentimiento de desánimo y desconfianza en el futuro.

Los líderes económicos y políticos extranjeros han decidido que les sale más a cuenta mantener una España adormilada y con respiración asistida que acometer la costosa e incierta tarea de rescatarla. Se conforman con unas cuantas reformitas y unos cuantos esfuercitos fiscales ya que son suficientes para evitar que sus intereses económicos se vean afectados a corto plazo. Y esperan que el tiempo lo cure todo, que el mundo y sobre todo Europa tiren de un carro al que nos subiremos aunque sea con los pies arrastrando.

Si fuera verdad que España ha superado la amenaza de default, la sangre –el dinero- volvería a correr por las venas del sistema financiero. Pero no es así ni va a ser al menos durante todo este año, perdido de nuevo por las veleidades de los políticos y de algunas de sus terminales, como el Banco de España.

En este sentido, lleva razón Galindo, presidente de APCE (la patronal de los promotores) cuando dice que, para recuperar una velocidad de crucero de 300.000 viviendas al año –la demanda natural de España- se necesitaría financiación por 70.000 millones de euros para el sector durante los próximos cuatro años. Esta es la verdadera prueba del algodón: la crisis terminará cuando se vuelva a la normalidad promotora. Lo demás son trucos contables y palabras huecas. Les dejo este interesante artículo del Jordi Sevilla al respecto: “Más ladrillos con ordenador”.

La semana pasada nos trajo dos noticias que merecerían que el riesgo-país se descarrilara de nuevo. La primera, la nueva caja quebrada, la CAM, que es la cuarta del país. Si ayer domingo compraron El Mundo o El País habrán podido leer cómo se fraguó este nuevo fiasco. Además, aparecen todos los ingredientes que podrían hacer de la historia de esta entidad alicantina una exitosa serie para pasar las veladas de los lunes (Terra Mítica, El Pocero, Martinsa, el dueño del Hércules, luchas políticas, viajes, salarios y otros lujos,…). La segunda, el reconocimiento de Portugal de que manipuló los datos del déficit.

Sobre la CAM: No voy a repetir los argumentos que expuse en los artículos en que analicé el decreto de recapitalización del Banco de España -aquí y aquí los tienen si los quieren volver a leer-; me limitaré a recordar que, si no se hacen las cosas bien, con el tiempo –y en este caso no ha sido mucho- las cosas se acaban descubriendo. España está enladrillada, ¿quién la desenladrillará? Está claro que el BdeE, que cuenta con inspectores en la caja desde hace tres años, no está por la labor. Que nadie crea, por otra parte, que esto es una excepción: la CAM no es la única entidad cuya podredumbre afecta a su supervivencia. Y ¡ojo!, todo esto sin tocar nada de lo de la dación en pago (CasaxHipoteca).

Sobre Portugal: Al igual que cada vez que una entidad financiera tira la toalla se acaba sabiendo que su mora real era muy superior, siempre que un país reconoce su incapacidad para autogestionarse conocemos datos que hasta entonces estaban ocultos. Pasó con Islandia, con Grecia,… y ahora con Portugal. Saquen sus propias conclusiones.

Y, aparte de estos dos torpedos de grave repercusión internacional, unas cuantas ráfagas de metralla nada desdeñable en una sola semana: bajada del 29% de las ventas de coches, subida del paro en una décima hasta el 20,5%, el euribor supera el 2%, las ventas de grandes empresas no financieras caen el 0,9%, la tasa de ahorro se hunde cinco puntos hasta el 13% (y sin que por ello aumente el consumo).

A esto le llaman en la tele la “lenta senda de la recuperación”. En los años 40 debían decir cosas parecidas en “el parte”, supongo.

La metedura de pata de Miguel Martín es histórica. El presidente de la AEB, la voz de su amo, ha pecado de la prepotencia y de la soberbia de los que se han acostumbrado a manejar los hilos de la sociedad a su antojo y a ponerse el mundo por montera mientras los demás sufrimos una crisis que ellos, sí, ellos, fomentaron, instigaron, propiciaron y taparon (“la fiebre de un día del niño pequeño”). Si, además, resulta que coincidió que nos tocó en suerte un presidente que más que entrar al trapo rojo lo abrazó a horcajadas…. Pero bueno, esa es otra historia que no viene al caso.

El señor Martín debe vivir en una burbuja ajeno al mundo que cree que al pueblo se le puede seguir tratando como súbdito. Pues resulta que no. El pueblo, hoy día, ve, compara y, si encuentra algo mejor, lo compra. Como los tunecinos o los egipcios, que han comprado libertad.

El señor Martín no es ningún botarate ni ningún florero que la gran banca haya “colocado”. No. Ha sido nada más y nada menos que Subgobernador del Banco de España y fue quien se ocupó personalmente del asunto “Banesto”. Sí, ese banco que estaba tan mal que el Santander nos hizo el favor de hacerse cargo. ¿Recuerdan?

Desde alguna urbanización lujosa y apartada de la periferia de Madrid, y con el riñón bien cubierto, las historias de paro y desahucio se perciben del mismo modo en que mi hijo de nueve años contempla las escenas de guerra que pasan en el telediario mientras cena: como una historia lejana que no va con él.

Una deplorable situación humana que hay que atender”, ha dicho. Y si le cuentan lo mal que lo pasa la gente en Calcuta, perfectamente podría decir lo mismo: “Una deplorable situación humana que hay que atender”. Y si le preguntan por Haití o por Japón, pues póngame otra de lo mismo. Por lo menos ha dicho algo. Aunque es lo único que ha dicho. ¿Para qué extenderse más?

Es mejor decir cosas como ésta: “el sistema hipotecario funciona muy bien”; o que “la dación en pago es el modelo que ha creado la crisis financiera”. Y quedarse tan pancho. A ver si en pocas líneas resumo lo que don Leopoldo Abadía explicó tan bien en su libro (por cierto, no le vendría mal su lectura al señor Marín). En América había una vez unos bancos que empezaron a dar hipotecas a diestro y siniestro. Tantas que ya las costuras de sus balances amenazaban con rasgarse. Para desahogarlos, un día dijeron ¿Por qué no las vendemos y así podemos seguir dando más hipotecas (“las gallinas que entran por las que salen”, que diría Mota)? Así que empezaron a vender a fondos de inversión, fondos de pensiones y otros bancos del mundo sus hipotecas. Al principio vendían las de más calidad, y los Moody’s, S&P y compañía las calificaban como “triple A”. Pero un día dijeron: “¿Por qué no vendemos también las peores, las que hemos concedido a los latinos y a los negros de Alabama?” Y lo hicieron pero… también con calificación “triple A”. O sea, que vendieron burras viejas a precio de purasangre. Como en el “Traje del emperador”, nadie decía nada hasta que, un buen día, en algún sitio, a un majadero se le ocurrió decir la verdad. (¡Vaya! Siempre tiene que haber un aguafiestas).

Y ¿qué tiene que ver esto con la dación en pago? Ah, ya lo entiendo. Quiere decir que, de haber tenido en América el sistema español no hubiera pasado nada por hacer trampas con la calificación de las hipotecas. ¿Por qué? Porque con el sistema español TODO es “triple A”. ¿Y eso? Sí, hombre, ¿no ves que aquí, hasta que no estás muerto del todo, hasta que no te han sacado a ti y a tu familia la última gota no dejas de pagar? Esa es la “fuerza”, la “solvencia” y la “solidez” de nuestro sistema financiero. Y no es ninguna ironía. Lo ha dicho nuestro Gobernador. Aquí, en la página 22 lo pueden leer.

Y luego la cantinela de siempre: “gracias a nuestro sistema el 85% de los españoles tienen vivienda en propiedad”. Gracias, gracias, señor Martín, no sé que sería de nosotros sin ustedes. ¿Y a qué precio? O mejor dicho, ¿a qué coste? Mire, lo del dinero fácil, barato y abundante pasó en todo el mundo. Los tipos eran bajos para todos. Pero ¿dónde se construyó más que en Francia, Alemania y Reino Unido juntos? ¿Sabe que aquí se fabricaban un tercio de las viviendas de EEUU cuando somos siete veces más pequeños? ¿De qué burbuja americana me habla? Ustedes fueron lo suficientemente hábiles y torticeros para, aprovechando un periodo inusual e histórico de tipos bajos, colarnos –como si nos hicieran un favor- la gracieta del euribor y los tipos variables mientras se enriquecían a manos llenas. Han condenado a toda una generación –y pretenden hacerlo con la siguiente- a estar pendientes del maldito euribor un día sí y otro también. Para más inri, nos esclavizaron de por vida mediante plazos de amortización de cuarenta años y más con el señuelo de la cuota. ¿Y de las tasadoras? Mejor ni hablamos.

Y ¿sabe una cosa? Si se hubieran mantenido con el sistema prudente, sensato y conservador de tipos fijos y plazos breves (como en Francia o en Alemania) los españoles se hubieran comprado la vivienda que necesitan (y no tres más) y a un precio mucho menor, puesto que la capacidad de pago de cuota de las familias no hubiera dado más de sí. Vamos, lo que ocurría hasta 1999. Es más, si lo hubieran hecho, además de no tener un millón de pisos en stock y de una crisis mucho más liviana, habrían podido renegociar con la gente apurada mayores plazos de devolución o incluso el cambio excepcional y temporal a un tipo variable. Pero estiraron demasiado el chicle, siguieron soplando y soplando la burbuja.

En otro país, llámese EEUU, Reino Unido u Holanda, hace muuucho tiempo que hubieran intervenido y/o dejado caer esos mamotretos que llamamos bancos y que si siguen vivos es –le toca ahora a usted dar las gracias- a costa de nuestros impuestos y de nuestro respaldo. El aval del Estado. Que, por si lo ha vuelto a olvidar, el Estado somos nosotros.

Como ya van absolutamente sobrados, se permite el lujo de advertir del riesgo de que las cajas se conviertan en “zombies” gracias al FROB. Pues sí. Qué duda cabe. Es mejor que se las queden los bancos. Además, ¿para qué quieren los políticos cajas si los bancos pueden hacerles el mismo servicio?

Y, por supuesto, nada de elecciones anticipadas, y no me extraña: en ninguna otra legislatura ha tenido más poder la banca.

Mientras tanto, sigan dando beneficios y repartiendo dividendo (¡Hombre! Es que si no, nos castiga la bolsa) y para los embargados, ¡una de plato típico burgalés!

Pero sabe una cosa: la gente se ha dado cuenta. Lea, lea los foros y lo verá.

Ayer lo dejamos en la amenaza que supone para la banca española y para el país en su conjunto el éxito de la fórmula CasaxHipoteca o dación en pago. Precisamente ayer El Mundo publicó un artículo con las razones a favor y en contra a partir de un documento que yo mismo elaboré. El resultado: 400 comentarios (sólo superado por la noticia referente a las revelaciones sobre Rubalcaba y el Faisán que el periódico llevó ayer a la portada). El debate está en la calle y enciende pasiones.

El problema no es tanto la dación en pago, sino la instrumentación de cualquier medida que de un modo u otro facilite el aumento de la morosidad. Aquí reproduzco un interesante artículo publicado ayer por idealista news donde se explican las fórmulas existentes en Francia y otros países. No es tanto un problema de dación sí o dación no, sino de modificar un sistema que hasta ahora mantiene la tasa de mora en un nivel ciertamente bajo. Eso es lo que van a valorar las agencias de calificación y los inversores internacionales.

Esto por lo que se refiere al corto plazo. Sin embargo, a medio plazo las amenazas son mayores puesto que permanecemos dentro del círculo vicioso destructor de la economía.

 

¿Y cuáles son? Déficit Público, Crecimiento, Desempleo, y  Deuda (o Apalancamiento). El problema viene dado porque mejorar o atajar uno de los problemas implica el ahondamiento de los otros.

Para reducir el Déficit, el Estado puede aumentar los ingresos o reducir los gastos (o ambos a la vez). Los ingresos se aumentan vía impuestos, lo cual implica una disminución de renta de las familias, que consumirán menos (el principal motor de la economía). Los gastos se reducen con administraciones más austeras lo cual, aparte de ser francamente difícil (dado el grado de autonomía de las administraciones regionales), supone un freno importante para todos los sectores de la economía que trabajan con y viven del sector público (y no son pocos).

El Crecimiento, en España, necesita de un consumo boyante. El consumo está en uno de los momentos más bajos de la historia reciente de España. En parte, por el desempleo; en parte, porque ha cundido un cierto pánico en ocasiones injustificado. Para fomentar el consumo y para que el consiguiente aumento acabe generando trabajo a medio plazo se necesita gastar para lo cual, o bien se tira de ahorro, o bien se tira de deuda. Endeudarnos más no parece lo razonable, pues el sobreendeudamiento es el que nos ha traído hasta aquí. Además, parece obvio que los bancos no están por la labor. Por otro lado, más deuda pública implicaría más deficit. Utilizar el ahorro para consumir no es lo más prudente en tiempos de crisis; además, en la medida que el ahorro salga de las entidades de crédito, el balance de las mismas se resentirá con lo que concederán menos créditos y/o tendrán que buscar financiación (más deuda) en el exterior.

El Empleo, sin crecimiento, es inviable. Se estima que para crear empleo en España es necesario crecer al 2% (PIB). La previsión del Gobierno (que casi con toda seguridad no se va a cumplir, como veremos más adelante) se sitúa en poco más del 1%. Nada más que decir.

La Deuda pública española no es de las más elevadas del mundo. Nos supera con creces Japón, Gran Bretaña, Italia, etc. El problema es la deuda total (pública y privada), que alcanza casi el 300% del PIB. Estábamos hiperendeudados al comienzo de la crisis y lo seguimos estando. Apenas se ha reducido. ¿Es viable salir de la crisis con más deuda? No es del todo descabellado, si se invierte bien (no en ladrillo, está claro). Porque si gracias a la deuda el PIB crece en mayor proporción, el peso relativo de la deuda disminuirá (esta es la teoría a la que se está agarrando EEUU). Pero, ¿alguien se cree que el Estado vaya a invertir bien?

Estos son nuestros cuatro jinetes del Apocalipsis. Pero no es todo. Además, tenemos dos problemas añadidos: las enormes subidas de precio de petróleo y otras materias primas; y el esperado aumento de los tipos de interés (y del temido euribor) como consecuencia de ello. Siendo como somos más pobres (no todos, pero sí de media), además tenemos que enfrentarnos con el hecho de que todo es –y va a ser- más caro durante los próximos meses (de lo cual tenemos que dar las gracias sobre todo a la política monetaria de EEUU). El aumento de las cuotas hipotecarias para toda la generación que compró vivienda durante el boom (aquí el agradecimiento para la banca y el Banco de España) ya es una realidad que agravará los problemas de miles de familias.

Con este panorama, ¿quién puede confiar en España, S.A.?

 

Quiero llamar la atención sobre la reunión que mantuvo el presidente del Gobierno el pasado sábado con el llamado G-44. Según publicó El País, las empresas convocadas por Moncloa representan alrededor del 40% del PIB español y contratan a un millón de personas. ¿Una cifra muy estimable, verdad? Pues resulta que un millón de personas es solamente el 5% de la población activa. Otra cuestión: ¿es apropiado llamar “empresarios” a directivos o ejecutivos de empresas, algunas de las cuales funcionan en régimen de oligopolio? Y una última: ¿Qué clase de democracia es la que toma sus decisiones más importantes –como convocar elecciones, o un plan de reformas económicas- en reuniones a las que asiste el que manda y los cuarenta o cincuenta que se reparten la mayor porción del pastel? ¿Hasta que punto las empresas ahí reunidas han sufrido problemas de financiación? ¿Hasta qué punto han ayudado al Gobierno y el Gobierno las ha ayudado durante la crisis? ¿A quién representan a esos cincuenta “empresarios”?

Si la España de hoy gusta -ya sea en el fondo o en las formas- a los de fuera, es que el mundo en su conjunto está bastante peor de lo que me creía.

 

Mañana hablaré de otra cosa, el jueves terminamos con lo que nos viene: la postguerra.

La concesión de crédito ha sufrido un fuerte descalabro desde que comenzó el año. Los préstamos a familias han caído, de diciembre a enero, un 63%. El descenso interanual tampoco se queda manco: 43%. En el caso de las empresas, la caída es algo menor: el 30% en un mes, y el 16% en el interanual.

Por otro lado, el interés medio (es decir, el coste) de contratación de una hipoteca ha pasado, en un solo mes, del 2,66% al 2,92%. Casi un diez por ciento de encarecimiento. Es más, según se exhibe en este artículo, los diferenciales que se aplican sobre el índice de referencia –el Euribor a un año- se empiezan a situar en niveles más propios de tipos fijos: desde el 1% hasta el 3%; muy por encima del “cero coma” al que nos tenían acostumbrados. Salvo, claro está, para sus propios activos, donde las facilidades de financiación recuerdan otros tiempos, como vimos en el post de ayer. ¿Qué está pasando?

Echemos un vistazo por el lado de la Demanda. Sin duda se ha contraído. Llevamos meses diciendo que la eliminación de la desgravación fiscal iba a incidir en el mercado de la manera que al final lo ha hecho; es decir, adelantando la decisión de compra antes del final de 2010. Enero ha sufrido la gran resaca de la eliminación de este incentivo.

Pero esto no es suficiente para justificar tanto el descenso en la constitución de hipotecas como, por supuesto, su encarecimiento. Y es fácil deducirlo puesto que el descenso del crédito a empresas –absolutamente ajeno a los incentivos fiscales en la compra de vivienda- indica que hay un cambio de tendencia generalizado.

Algunos caerán en la tentación de argumentar tanto la cantidad como el coste por la fuerte subida del Euribor. Sin embargo, este índice no tiene nada que ver con lo sucedido en enero, mes en que se situó alrededor del 1,5%, en línea con diciembre.

Además, los precios de la vivienda, según todos los índices, siguieron bajando durante el mes de enero lo que implica, con un Euribor similar y condiciones similares, que las cuotas para nuevas hipotecas deberían haber sido más reducidas: un incentivo que debería animar las compras.

Así que tendremos que volver los ojos a la Oferta –bancos y cajas- para entender el cambio. ¿Se acuerdan que hace apenas unas semanas Elena Salgado decía que la recapitalización de las cajas iba a suponer un incremento notable de la financiación? ¿Y de Mafo diciendo que así se evitaría el credit crunch? ¿Y recuerdan también como, casi al unísono, los economistas del país apuntaban a que iba suceder justo lo contrario? Pues ya tienen la respuesta.

En efecto, el propio Banco Central Europeo advirtió el pasado 9 de marzo que adelantar las exigencias de capital de Basilea III supondría incrementar el riesgo de efectos negativos en los flujos de crédito a la economía real. Exigir unos recursos propios superiores en el balance de las entidades financieras incentiva la reducción del crédito, pues es la manera más fácil de conseguirlo –al reducir las necesidades de ampliar el capital-. (Recomiendo al respecto la lectura del artículo de Rubén Manso titulado “Reformas Amarillas” en El Economista).

Al final, lo que se pone de manifiesto es que el país carece de rumbo económico. Vamos dando bandazos desde el comienzo de la crisis y los que nos dirigen todavía no han acertado con el rumbo adecuado. De lo que no cabe duda, por lo acontecido hasta ahora, es que serán las clases medias las que paguen los platos rotos. Prepárense para una buena dosis de sufrimiento y expolio antes de que esto se enderece.









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