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Les puedo asegurar que no es un plato de buen gusto, al día siguiente de publicar el post “Dación en pago: ¿pagarán justos por pecadores?” en idealista, despertarse con la noticia del suicidio de una mujer lanzándose desde una ventana al tiempo que el secretario judicial procede al desahucio. Ni siquiera el hecho de que, finalmente, se haya sabido que Amaya Egaña no formaba parte del colectivo de riesgo –tenía un buen trabajo-; ni siquiera la alta probabilidad de que la motivación de su terrible decisión trascienda el problema económico, alivian el peso y la turbación que me acompañaron durante el pasado viernes.

La politización y demagogia que han cundido en redes y medios desde que se conoció la noticia ha sido, sin embargo, la peor consecuencia de una muerte que, ya que es irreparable, al menos podría haber servido como ejercicio de catarsis colectiva. Sin embargo, de momento, sólo está siendo utilizada para todo lo contrario, esto es, para incidir o reafirmar las deformaciones de una sociedad, de unos individuos, que no son capaces de asumir su responsabilidad en la toma de decisiones. Todo lo que sucede en este país es culpa del otro: si me salgo de la carretera, la culpa es de la constructora que la hizo mal o de la DGT que no señalizó bien el tramo; si compro pagarés de Rumasa, de Ruiz Mateos que es un golfo o del Estado que no se lo impidió; si estoy obeso, de los que permiten vender y anunciar comida rápida con sonrisa profidén y máscara de Mickey Mouse; y, así, hasta todas y cada una de las decisiones que toman los individuos de este país. ¿Y cómo suele terminar todo esto? Con prohibiciones: ¡Prohibido macrofiestas! ¡Prohibido fumar! ¡Prohibido barbacoas en el campo! De tal manera que, poco a poco, día a día, mes a mes, y año a año, España se está convirtiendo en un país francamente insoportable para las pequeñas –y las grandes- libertades. Tanto que hasta iconos de la izquierda, como Joaquín Sabina, reclaman más espacio individual: “El Estado interviene demasiado en las vidas de la gente”, afirmó tras la aprobación de la ley antifumadores (y pro delatores) advirtiendo, para que no quedara duda, que lo decía desde la máxima repudia al “neoliberalismo”.

En el “Adiós, ladrillo, adiós” escribí esto:

La violencia y brutalidad de la crisis, el parón tajante del sector de un día para otro propició un escenario que, en otras culturas como la japonesa o aun la nórdica, hubiera provocado hasta suicidios. Afortunadamente para nuestra salud, el español responde más a la filosofía de “desnudo vine al mundo y desnudo me iré” y, mientras tanto, “que me quiten lo bailao”

Recuerdo, al comienzo de la crisis, el reporte de algún suicidio, siempre en el extranjero. El que más me llamó la atención fue el de un potentado irlandés, el típico empresario que había medrado surfeando la ola de la burbuja inmobiliaria. Y recuerdo que pensé: esto no lo veremos aquí. Y, en efecto, la crisis no ha causado bajas entre los miembros de lo que últimamente venimos llamando “la casta”. ¿Quizá por el carácter español que describí en mi libro? ¿Por la ausencia de principios, de moral? Seguramente sí. Y también tener las espaldas cubiertas. Como bien sabemos, la Administración ha protegido hasta el paroxismo a las entidades financieras, y estas a su vez, a las grandes y endeudadísimas empresas que fueron protagonistas de la década loca. ¿Y dónde se han producido los episodios de mayor desesperación? Entre las capas más débiles. Los autónomos y pequeños empresarios, sobre todo los vinculados al mundo de la construcción o con contratas públicas, han protagonizado varios intentos de suicidio –uno consumado, si no recuerdo mal-, y muchos más de llamar la atención –como el de aquel que estuvo viviendo en lo alto de una grúa varios meses en un municipio del norte de Madrid-.

Ahora le ha llegado el turno al ciudadano común. A cualquiera que, habiendo adquirido un piso en el pico del ciclo, sus ingresos han mermado de tal forma que le es imposible cumplir con sus obligaciones.

El Gobierno, todos los gobiernos, se enfrentan a un dilema moral: qué hacer con los amenazados de desahucio tras haber rescatado cajas a costa del ciudadano, evitado la quiebra de las empresas hiperendeudadas de la burbuja, y permitido que los responsables de unas y otras se vayan de rositas. Es comprensible. Han salvado a los amigos. Por eso, cuando algunos escribimos que la seguridad jurídica es importante, que el mercado es bueno cuando funciona verdaderamente como tal tanto en las duras (sufrir pérdidas) como en las maduras (recoger beneficios) sencillamente nos ignoran.

El iter del político lo marca el voto. Que a veces es el miedo a perderlo. Por eso me temo que ahora volverán a actuar mal. No les importan las verdaderas circunstancias de los dos suicidios acaecidos. No les importa que el señor de Granada, con 54 años, pidiera un préstamo para comprar la vivienda familiar en la que había vivido toda su vida y que el dinero pagado fuera a parar a las cuentas de sus hermanos, que le vendieron su parte. No les importa que la señora de Vizcaya, también en la cincuentena, tuviera un estupendo trabajo bien remunerado y que ni siquiera su marido supiera que el piso estaba embargado. No les importa que ninguno de los dos casos se corresponda con el concepto “la burbuja les ha estallado en la cara”. Sólo les importa el voto.

Por último, ha llegado un punto en que no se sabe muy bien qué es lo que quieren los grupos de presión. ¿Dación en pago? ¿Aplazamiento de la ejecución? ¿Ambas cosas? ¿Repudiar la deuda y mantener la vivienda? Sus mensajes en las redes, irreflexivos y llenos de odio. Ni siquiera esperan a conocer los detalles de los casos. Y luego sus comentarios. Me decía un amigo periodista que había ido a la plaza del Celenque para entrevistar a los allí acampados. “Fíjate, me dieron 200.000 € de préstamo cuando yo solo ganaba X al mes, y además tengo que cuidar de mi madre” ¿No recuerda a aquellos jóvenes que, tras el suceso del Madrid Arena, criticaban que les habían dejado entrar siendo menores? Los individuos renuncian a ser ellos mismos y conceden al Estado todo el poder de decisión sobre sus vidas. Una sociedad asfixiante.

Esta es la España de hoy. Mentiras por aquí, mentiras por allá. Y, al final, menos libertad, más “protección” del Estado… y más extracción de nuestros recursos. ¡Hay que espabilar!

 

 

PD: Ha salido a la venta “Un modelo realmente liberal”. Coordinado por Juan Ramón Rallo, más de 30 capítulos explicando, desde un punto de vista práctico, cómo nos gustaría ver organizada la España de hoy. Lean esta reseña y anímense a leerlo.

 

¿Hay burbuja en Canadá?

Nino Ricci –no tiene nada que ver con la firma de moda homónima salvo su origen italiano- es uno de los novelistas más populares de Canadá. Nino y su mujer adquirieron, al límite de sus posibilidades y con la ayuda de sus padres, una vivienda en Toronto allá por 1997. Hoy han cambiado mucho las cosas: “He ganado más con el incremento de valor de mi casa que en toda mi carrera como escritor. Pero la única manera de usar ese valor es con una línea de crédito sobre la misma, lo cual es un peligroso hábito”, admite. Sin embargo, y dado que su profesión no le garantiza unos ingresos recurrentes, se apoya en el crédito para mantener su ritmo de vida más de lo que le gustaría. En los momentos más duros llega incluso a pagar intereses con el propio dinero tomado a préstamo. Y se preocupa: “¿Debo vender mi casa para asegurarme ahorros para la vejez? ¿Es esta mi última oportunidad?”

Palm Springs es una lujosa zona residencial y de ocio del sur de California que, al igual que es resto del Estado, ha sido azotada por la crisis inmobiliaria. Los precios de las viviendas, hasta hace unos años prohibitivos, gracias al fenomenal ajuste que han sufrido –gracias, entre otras cosas, a la existencia de la dación en pago- son ahora francamente asequibles pero, ¿quién dispone hoy de cash para invertir en vivienda? Los canadienses. Según el agente local Brad Schmett, la temporada alta de ventas se inicia en noviembre, con la llegada de los babyboomers (nacidos en los 60) del país de la hoja de arce: “Los canadienses están vendiendo sus enormes casas y, con lo obtenido, adquieren una casa más pequeña o un piso y el resto lo invierten en una segunda residencia en Palm Springs: buscan un lugar tranquilo y con clima agradable para evitar los duros inviernos de Canadá”.

Hay en Canadá una web similar a burbuja.info que se llama canadabubble.com. Transcribo la siguiente entrada: ““Leo que una casa de Vancouver de 344 m2 (3700 ft) salió a la venta en 1,9 M $ y que finalmente fue vendida en abril por 2,6 en una puja en la que participaron 25 personas. Ahora ha salido a la venta de nuevo por 3,5. En 1996, la misma casa se vendió por 531.000 $”.

Vancouver, febrero de 2011. Una inmobiliaria local fleta un helicóptero que sobrevolará un nuevo desarrollo de la boyante zona residencial de White Rock. Se trata de viviendas de 64 m2 (690 ft) a partir de 326.000 $ (5.000 $/m2). Los invitados al viaje, periodistas y agentes inmobiliarios que representan a inversores chinos. La acción de marketing es un completo éxito, incluso se cuela en todos los telediarios locales.

 

Algunos datos sobre el mercado inmobiliario de Canadá

Comprarse casa en Canadá se ha convertido en el deporte nacional. La cifra de propietarios supera por primera vez en la historia el 70% de la población. Según una encuesta de 2009, el 68% de los que viven en alquiler retrasarían otras compras importantes si así pudieran acceder a una vivienda, y más del 50% renunciaría a sus vacaciones con tal de comprar la casa de sus sueños.

Se estima que un tercio de la riqueza de los canadienses está metida en ladrillo. Hoy en día hasta una quinta parte (20%) del PIB está relacionado con el gasto en vivienda, desde reformas a electrodomésticos.

La construcción aporta el 7% del empleo total del país, frente a la media histórica del 5,5%.

El precio de la vivienda ha subido mucho más deprisa que los salarios. Así, las casas hoy día cuestan 5 veces los ingresos anuales de las familias, muy por encima de las 3,5 veces de hace una década.

La deuda de las familias canadienses representa actualmente el 150% de sus ingresos, su record histórico. ¿Mucho o poco? En Estados Unidos, en el pico de la burbuja se alcanzó el 127%. Hoy, tras el proceso de desapalancamiento iniciado en 2008, se sitúa en el 105%.

 

Algunas opiniones sobre el mercado inmobiliario de Canadá

The Economist advirtió la semana pasada de que el mercado inmobiliario de Canadá esfrothy” (burbujeante), destacando que los precios han subido desde 2007 el 21,9%, por encima de cualquier otra economía occidental.

La firma de consultoría Capital Economics ha señalado recientemente que la vivienda está sobrevalorada un 25%, y que la deuda de los hogares está en record histórico así como el número de viviendas desocupadas.

 

¿En qué consiste el admirado modelo hipotecario canadiense?

La banca canadiense tiene la sana costumbre de no ofrecer créditos que superen el 80% del precio de la vivienda, un criterio de sentido común que hasta hace unos años también regía nuestro mercado hipotecario. Sin embargo, en Canadá está al alcance de cualquiera la posibilidad de adquirir una vivienda poniendo sólo de entrada el 5% del precio total. ¿Cómo es eso posible? Porque el Estado se hace cargo del resto:

Hay una agencia estatal, una aseguradora gigante, que se llama CMHC (Canada Mortgage and Housing Corporation) que se dedica a asegurar las hipotecas de todos aquellos que no son capaces de hacer la entrada del habitual 20% del precio. ¿Cuál es el principal efecto? Eliminar el riesgo hipotecario para los bancos, protegerlos frente a un impago ocasional. La CMHC realiza una segunda función: tituliza las hipotecas y las vende a inversores institucionales, limpiando así tanto su balance como el de los bancos al tiempo que extiende más allá de Canadá los riesgos asumidos. ¿Se acuerdan de Fannie Mae y Freddy Mac?

Un negocio redondo para la banca local, que no asume los riesgos pero se lleva el beneficio. ¿Y si algo saliera mal? El Estado, los contribuyentes canadienses, pagarían los platos rotos.

En Canadá hablar mal de la CMHC es prácticamente tabú, aunque algunos osan hacerlo, como David LePoidevin, ejecutivo del National Bank. Sus superiores le desautorizaron públicamente sólo por sugerir en un informe que la CMHC estaba “calentando” el mercado. Otro que no tiene pelos en la lengua es el multimillonario local Jarislowsky: “Los políticos están garantizando hipotecas que los bancos nunca habrían concedido si las hubieran tenido que mantener en sus balances”. “El problema es que lo que es bueno para la política –votos-, no tiene porqué serlo para la economía”.

Incluso el exgobernador del Banco de Canadá, David Dodge, ha puesto el dedo en la llaga al señalar: “Es razonable que nosotros, como contribuyentes, digamos: Mire, señor hipotecado, tiene que poner usted algo de su dinero, de manera que si las cosas van mal, no seamos sólo los ciudadanos los que nos hagamos cargo del problema”.

La CMHC tiene aseguradas hipotecas por valor de 519.000 millones de dólares. Casi un tercio de su PIB. ¿Y con qué cuenta la agencia como respaldo? Con apenas 9.900 millones, es decir, el 1,9%. No está de más recordar que los fondos propios de Fannie Mae, en el momento del colapso, representaban el 1,5%.

La CMHC y el Gobierno defienden las bondades del sistema arguyendo que, a diferencia de los Estados Unidos, 1) hay pocas hipotecas titulizadas; 2) las deudas son perseguibles más allá de la vivienda (no hay dación en pago); 3) la mora hipotecaria está muy por debajo del 1%.

El negocio del seguro de hipotecas no es exclusivo del Estado –aunque acapara la mayor parte del mercado-. Las aseguradoras privadas que participan en el negocio también tienen “reaseguradas” las hipotecas por los contribuyentes canadienses, aunque en este caso “sólo” hasta el 90%.

¿Y qué se puede decir de la calidad de las hipotecas? En una comparecencia ante la comisión bancaria del Senado en 2007, Winsor Macdonell, vicepresidente de Genworth –principal aseguradora privada del país-, reconoció que el 36% de su portfolio se correspondía con gente de “low or poor credit”. Y asumió que la cartera de la CMHC tendría una composición similar, pues ambas compañías operan de manera homogénea en todo el territorio.

 

¿Qué es lo que proponen para España?

La primera noticia que tuve de la existencia del modelo canadiense  fue una tribuna que, bajo el título “Es momento de soluciones”, publicó el representante de Genworth en España, Ángel Más, en el suplemento Su Vivienda de “El Mundo”. Me llamó tanto la atención que le dediqué un post: “¿Un Fannie Mae a la española?

¿Y qué es lo que proponía el señor Más? Facilitar el acceso a la compra de vivienda a todos aquellos que no son capaces de pagar una entrada del 20% del precio mediante un seguro de crédito hipotecario proporcionado por una aseguradora privada. ¿Sólo? No. Para que el negocio sea redondo sería necesario que “el Gobierno otorgue una garantía subsidiaria a las aseguradoras”. Lo cual no sólo sería fantástico para las aseguradoras privadas, sino para los bancos: “facilita que los bancos consuman muy poco capital en esos préstamos” y “resolvería la liquidez de los bancos a través de los títulos garantizados con esas carteras hipotecarias”.

Antes de la convocatoria electoral, el señor Más consiguió hacerse un hueco en la Subcomisión Hipotecaria de la Comisión de Vivienda del Congreso, donde volvió a plantear el modelo canadiense. Y obtuvo un gran éxito, pues CiU hizo suya la propuesta y la incluyó en el programa electoral. El número dos de CiU al Congreso, Pere Macías, asistió antes de los comicios a un Encuentro Digital en El Economista. Así respondió a esta pregunta:

Pregunta: CiU propone como medida para fomentar el sector inmobiliario el modelo hipotecario canadiense. Bajo mi punto de vista, tiene un problema: el Estado queda como avalista en última instancia del hipotecado. ¿Por qué tiene que asumir esa función el Estado? ¿No es una manera de incentivar la asunción de riesgos por parte de los que conceden créditos? ¿No está asumiendo el Estado un riesgo que no le corresponde y que puede poner su solvencia en entredicho en tiempos de crisis? Gracias

Respuesta: “El modelo canadiense ha sido un modelo de éxito puesto que ha evitado tanto la burbuja inmobiliaria como su estallido. Estoy de acuerdo contigo en evitar una presencia omnipresente del Estado. Pero los canadienses a través de su agencia de vivienda y de un inteligente modelo de colaboración público-privada logra que el Estado simplemente tenga un papel de retaguardia con un exitoso papel de garantía y a la vez con un bajo coste para la hacienda pública. En cualquier caso muchísimo mejor que el desastre que tenemos nosotros.”

La semana pasada ha sido “Cinco Días” quien ha insistido en la hipoteca canadiense, a la que denomina “de calidad”, y la contrapone y enfrenta a la otra alternativa, la dación en pago. Llega a reprochar que la Fundación Alternativas, think tank ligado al PSOE, pidiera la prohibición de las hipotecas que superaran el 80% del valor de tasación. ¿Cómo, siendo de izquierdas, decís eso? ¿Qué queréis, que sólo los hijos de los ricos puedan comprar casa?, viene a decir.

 

¿Por qué Canadá puede capear el temporal y nosotros no?

Antes de pasar a las conclusiones me detendré a explicar por qué Canadá ha podido, al menos hasta la fecha, permitirse el lujo de tener este modelo –tan similar al estadounidense- sin que salte por los aires.

Primero: cuando estalló la burbuja americana en 2007 el tamaño de la canadiense era muchísimo menor. De hecho ha ido engordando sin prisa pero sin pausa y, como hemos visto, son ya varios los indicadores que revelan que su posición incluso supera a la de sus vecinos del sur en el momento del colapso.

Segundo: sus bancos no estaban metidos en los líos subprime que sí afectaron a la mayoría de las entidades financieras de occidente.

Tercero: Canadá es un país inmensamente rico. Un territorio enorme lleno de petróleo, gas, oro, uranio, níquel, diamantes, etc. No vive del ladrillo. Por eso y por su relativamente poca población, tiene la segunda renta per capita más elevada del mundo, después de Suiza. Este año la economía va a crecer un 2,5%.

Cuarto: Aunque se estén pasando de frenada en el “loan to value” con hipotecas al 95%, el gobierno es más estricto tanto con la duración de las hipotecas (ahora el máximo es 30 años) como con los tipos: usan tipo fijo con duración de cinco años, momento en el cual se recalcula el tipo fijo para los siguientes cinco años y así sucesivamente. Prefiero el tipo fijo puro aunque reconozco que esto es mejor que el “loco” variable nuestro.

Los canadienses están empezando a asumir que la vivienda no va a subir mucho más, pero tampoco tienen miedo a un pinchazo de la burbuja por dos razones:1)  no es probable que a medio plazo los tipos de interés suban; 2) tampoco lo es que las materias primas –el sustento de su economía- bajen. Así pues, se enfrentan a un periodo de estancamiento (una década, tal vez) en el que los precios se mantendrán mientras los salarios irán poco a poco subiendo hasta que la relación vivienda/salarios vuelva a los niveles históricos.

 

Este país no tiene remedio

Apenas estamos terminando de pinchar la burbuja anterior cuando ya estamos ideando cómo inflar la siguiente. Hay muchos interesados en poner en marcha un sistema similar al canadiense. Los primeros, los bancos. Muy cerca de ellos, los políticos. A tan sólo unos metros de distancia, los promotores, los agentes inmobiliarios y toda suerte de personas que viven o han vivido del ladrillo. Y casi a la par, los babyboomers españoles, que verían con agrado el freno de la caída de los precios de la vivienda e incluso la activación de un nuevo boom. Por no decir nada de los beneficiarios directos, muchos jóvenes que hoy día ni siquiera pueden soñar con ser dueños de una vivienda. A veces pienso que no ha quedado claro el significado de la hipoteca subprime. Por eso, cada vez tengo menos dudas de que no sólo hemos comprometido el futuro de nuestros hijos por la voraz avaricia de la década pasada sino que estamos dispuestos a destruir el de nuestros nietos.

Si tengo que elegir entre el modelo americano, el canadiense o el español, me sigo quedando con el alemán.

 

Fuentes:

House of Horrors, part 2. The Economist

The CMHC: Canada’s mortgage monster. MacLeans.ca

El Blog de Dale McGauran. Vancouverbesthomes.com

Canada’s ‘housing bubble’ deemed close to bursting. CBCNews

Housing: Real insanity. Canadian Business

Canada’s housing bubble. Canadabubble.com

 

…quería saber si me la puede contestar. Pero antes le pondré en antecedentes. Poco antes de las vacaciones, un buen amigo -que trabaja para un fondo de inversión extranjero que solía comprar inmuebles en Madrid- me contó que, en estos tiempos, para acometer la compra de un edificio de oficinas en un sitio como la Castellana, el coste de la financiación se sitúa en 250 puntos sobre el Euribor. O sea que, dado que éste se mueve en el entorno del 2%, el coste total sería del 4,5%. Y también me dijo que la parte que cualquier banco estaría dispuesto a financiar alcanzaría el 40% o como mucho el 50% del precio.

Otros amigos y conocidos que están vendiendo o comprando pisos –de segunda mano o nuevos- me contaban también cosas parecidas: que el diferencial sobre el Euribor se movía entre 200 y 300 puntos, y que el porcentaje del precio financiado rondaba el 70%.

Cuando uno echa un vistazo a la situación de la economía –coste de financiación del Estado o prima de riesgo, dificultades de renovación de vencimientos de bancos, etc.- no se sorprende de las condiciones actuales. De hecho, guardan una estrecha relación con las de los mercados hipotecarios de las grandes economías de la Eurozona: Francia y Alemania. Cosa que no pasaba en los tiempos del boom, ¿se acuerda?

¡Qué locos estábamos! La banca financiaba a cuarenta años; a un variable de Euribor más alguna decimilla y, cosa increíble, ¡por más del 100% del precio! Así, sí que era fácil fomentar el consumo, ¿verdad? Con dinero a devolver durante el resto de su vida la gente “invertía” en un viaje –que se consume en unos días-, o en un coche –con una vida útil de unos diez años-. Lo de hacerlo en mobiliario todavía se justifica, ¿eh? (aunque no sé yo si los de Ikea aguantan tanto…)

Recuperada, pues, la cordura en el mercado hipotecario me extrañó lo que me contó también hace poco un profesional del otrora pujante sector inmobiliario: “Los pisos de los bancos se financian como antes. Es decir, a plazos infinitos, con Euribor más un diferencial mínimo, y financiando el total del precio más gastos e impuestos”. Como no me lo creía, pregunté a otros trabajadores del sector inmobiliario, e incluso hice alguna gestión directa con esas inmobiliarias que han creado las entidades. Y, en efecto, así es. Incluso, ya prestando más atención, ¡me topé con publicidad en prensa anunciando sin rubor “financiación del 110%”! Y lo que más me llamó la atención es que, encima, esos pisos de los bancos no son los más baratos ni mucho menos. ¡Hasta en esta noticia de Idealista lo dice!

Y mi pregunta, señor Gobernador es: ¿cómo ha podido pasársele esto al Banco de España? Porque supongo que si estuvieran al corriente habrían cortado en seco esta práctica que se ha demostrado tan dañina para nuestra economía. Y digo yo que será así porque, cuando algo no les cuadra, ¡menuda las gastan! ¡Pues anda que no se han puesto duros con la guerra de depósitos!

Si yo estuviera en su lugar no dormiría pensando que, por omisión, podría estar condenando a un montón de familias españolas a un futuro lleno de miseria. Sí, claro, porque eso es lo que pasa cuando alguien compra un piso por encima del precio del mercado, al tipo variable más bajo posible, a pagar hasta que se jubile, y financiado por más de un setenta u ochenta por ciento. Déjeme que se lo explique brevemente.

Tipo: El salario de la gente se mantiene lineal a lo largo de su vida pero ¡el tipo variable no! Si está contratado en un momento de tipos altos, lo normal es que tienda a bajar (aunque también pueda subir) pero, ¿y si se contrata en mínimos históricos? Sólo puede subir. ¿Se da cuenta? Pueden pasar de destinar a la cuota el 35% de sus ingresos a ¿el 50%? ¿El 60%?

Plazo: Si el plazo fuera breve –digamos 20 o 25 años-, por un lado el banco acota riesgos, pues ya sabemos que sus vencimientos son a corto plazo. Y para el particular es estupendo puesto que, si tiene problemas para pagar la cuota, la extensión del plazo (aunque sea de manera coyuntural y excepcional) le daría una segunda oportunidad de cumplir con una mensualidad más asequible.

Precio y % de financiación: Si mi piso está comprado caro, y lo tengo financiado al 100%, ¡no hay margen ni para mí ni para el banco! Si me vienen mal dadas y tengo que vender, no podré hacerlo sin tener que poner dinero en la firma notarial (con lo cual no lo haré y dejaré que me ejecute el banco). Y si se lo queda el banco, tendrá que asumir pérdidas -que deteriorarán su balance- por la financiación concedida hasta el 60% en que se lo puede adjudicar tras subasta desierta. ¿Lo ve? Y yo permaneceré endeudado de por vida, debiendo al banco todo lo que gane por encima de 960 euros. ¿Le parece atractivo ese futuro? Apuesto a que no.

Pues a ver si entre toda la gente que lee esto se lo hace llegar de una manera u otra y toma usted cartas en el asunto. Que es más urgente –créame- que la reforma de la Constitución.

Gracias por su atención

Ayer, una de las noticias más comentadas del día fue el desplome de las ventas de vivienda durante el mes de junio, el 23% interanual. Antes de nada, precisemos las fechas para evitar malentendidos: los datos que proporciona el INE provienen del Registro de la Propiedad  y, dado que entre que se firma y se registra una compraventa  pasan un par de meses, debemos atribuir este dato al mes de abril.

Apenas 24 horas antes, Tinsa informaba de una bajada de precios en junio del 6,4% interanual y un acumulado del 22,3% desde 2007.

Los datos que ofrece el Banco de España son similares: según su opinión (articulo cinco días), la vivienda ha bajado un 17% que es un 22% en términos reales (inflación). Y respecto del futuro, hay manifestaciones contradictorias: el jefe del servicio de estudios anunció hace dos meses que caerán otro 10% en los próximos dosn años, mientras que en la rueda de prensa que dio Mafo tras el paripé de los test de estrés afirmó que no bajarían más.

En mi opinión, que está basada en mi propia experiencia –que no es manca- y en la que comparten conmigo promotores y empresas de comercialización que operan en toda España, la bajada real en términos nominales es muy superior. Y no estoy pensando en el producto de costa, sino en producto urbano, céntrico, en barrios de clase media y media-alta de ciudades importantes. Sin ningún género de dudas, la vivienda ha caído al menos un 30% y hasta un 50%. Probablemente el ajuste no se haya completado del todo, pero la parte del león ya se ha hecho.

¿Y por qué no se refleja este ajuste en las estadísticas? Hay varias razones, pero las principales son de índole político-financiero:

-         El balance de la banca quedaría herido de muerte,

-         Lo que obligaría a una recapitalización del sistema financiero para la que ya no queda dinero, o a la quiebra ordenada de muchas entidades;

-         Con lo que el propio Estado terminaría antes o después por seguir la misma suerte que los bancos.

O de orden político-social:

-         Si las familias fueran conscientes de que su principal activo –el piso- vale la mitad que hace cuatro años, las invadiría tal sensación de pobreza que retraería su consumo hasta niveles insoportables para la economía,

-         Y tenderían a desistir con mayor facilidad de sus compromisos de pago de cuota hipotecaria con el banco (¿por qué esforzarse por pagar algo que vale la mitad y por la que terminaré pagando el doble si sumo los intereses?),

-         Generando un problema de mora al banco que no haría sino agravar su ya maltrecho estado.

Que se resumen en una: evitar la quiebra de España, S.A.

¿Por qué el Banco de España dice que al ajuste le quedan dos años? Porque el sistema que han ideado consiste en provisionar las pérdidas en un tiempo que han considerado razonable para evitar la quiebra de las entidades (aunque algunas, ni por esas: CCM, CAM, CajaSur). En total, seis años: los cuatro que ya han pasado más los dos que prevén. ¿Serán suficientes? Si no se hubiera recrudecido la crisis internacional, tal vez.

Y ahora, la pregunta del millón: si es verdad que la vivienda ha bajado tanto, ¿por qué no se venden pisos? ¿O es que no han bajado lo suficiente?

Puntualmente es posible que no hayan bajado lo suficiente, pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, los pisos han bajado hasta el punto de que una parte muy importante de la demanda está deseosa de comprarlos. ¿Y entonces? Muy sencillo: No hay financiación.

Durante el último año, la financiación del sector público (Estado, CCAA, etc.) ha aumentado en ¡un 16%!, mientras que la financiación a empresas ha caído el 1,1%. ¿Lo entienden ahora? La banca está seca, pero es que su escasa capacidad de crédito la consume inmisericordemente el Estado. Cómo negarse, además, si es el Estado el que les está ayudando a sobrevivir vía FROB o avales.

Si no les convence, les contaré algo más: los pisos que venden los bancos se-venden-como-churros, y no son precisamente los más baratos del mercado. Sólo se diferencian frente al resto en una cosa: que tienen financiación. Y otra: En Valdebebas, un macrosector recién acabado de urbanizar al noreste de Madrid, las promociones, libres o protegidas, en régimen de cooperativa o de promoción, están completas y en algunos casos con sobredemanda. ¿Cuál es el problema? La negación sistemática de la financiación.

Más que nunca toca indignarse contra el Estado por derrochador, por no ajustarse el cinturón, por no reducir su invasión de la vida económica de los ciudadanos: por impedir el flujo financiero habitual que, en la vida empresarial privada, permite que las cosas funcionen.

No os dejéis seducir por no sé qué impuestos a la banca “para crear empleo,” o por tal o cual desgravación para comprar vivienda, o por un tal parque de viviendas “públicas”. No os creáis las excusas interesadas del Banco de España o de los que rigen los destinos del país. Exigid que el Estado se repliegue, que deje de consumir los recursos cuya escasez están ahogando a la gente, que deje de gastar hoy –gastar, que no invertir- el dinero que aún no se ha generado y que lo tendremos que pagar en el futuro con nuestros impuestos, pues eso y no otra cosa es la puñetera deuda soberana.









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