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“Un ejemplo [de no reconocer los problemas] fue el de pensar que la principal fuente de nuestras dificultades era la crisis financiera internacional y no los desequilibrios acumulados por una larga expansión basada en el endeudamiento y el deterioro de de nuestra competitividad”. Esta crítica, dirigida a Zapatero, no es mía –aunque la podría firmar-, ni siquiera de alguien de la oposición: la ha formulado nada más y nada menos que un destacado miembro de la nomenklatura socialista hispana, el gobernador MAFO.

Ya se sabe que a perro flaco todo son pulgas, pero no deja de ser llamativo que el principal cómplice del Gobierno en la ocultación de la verdad salga ahora con éstas. El señor Fernández Ordóñez fue, de 2004 a 2006, Secretario de Estado de Hacienda –bajo las órdenes de Solbes-, cargo que abandonó para incorporarse al Banco de España. Hasta hoy. Este señor, que es uno de los tres o cuatro prebostes que se ha encargado de la cosa económica desde que ZP llegó al poder, ¿qué legitimidad tiene ahora para decir lo que dice? ¿Qué credibilidad le queda? Otra de sus perlas:

“Otro ejemplo de no querer o no saber reconocer los problemas es el de quienes dicen que, para corregir nuestro elevado déficit público, no es imprescindible realizar recortes del gasto. Una actitud responsable debe llevar a reconocer que no es posible reducir un déficit que llegó a alcanzar un 11% hasta un 3% del PIB sin acometer una profunda reducción del gasto público“.

La única reforma en la que Ordóñez cree que se ha hecho todo bien es la que le toca a él, es decir, la de las cajas de ahorros”, dice el artículo de El Confidencial que me ha servido de fuente para este post. Pues no, señor MAFO. Ni siquiera esta reforma ha sido buena. Y le pongo un ejemplo:

El pasado día 9,  “Expansión” publicó el artículo titulado “la Caixa crea otra sociedad para sus activos inmobiliarios”. Como ya sabemos, la Caixa ha sido la pionera en crear la estructura de ‘banco bueno/banco malo’ que, con matices, ha seguido Caja Madrid y sus satélites, y otras entidades. Si lo he entendido bien, el mecanismo funciona de la siguiente manera:

Primer paso: Se crea un primer banco (el banco malo) que contiene los activos tóxicos inmobiliarios, la totalidad de las acciones del banco bueno, y algunas de las acciones de la cartera industrial que atesore Caja de turno (el resto están en el banco bueno).

Segundo paso: El banco malo vende una parte de las acciones del banco bueno a inversores.

Resultado: el banco malo se alimenta de la liquidez generada por esa venta, así como de los dividendos generados por las acciones que mantiene, tanto del banco bueno como de la cartera industrial. Con ello va provisionando las pérdidas de los activos tóxicos y le queda un remanente para Obra Social.

Hasta aquí, todo correcto. El problema aparece cuando el ejercicio de transparencia no es tal, como ya expliqué en su día en este y en este post: además de que la toxicidad y su grado fue el resultado de una valoración subjetiva de cada una de las entidades, se hizo de una manera estática, es decir, con el balance a 31 de diciembre de 2010. ¿Acaso confiaba el Banco de España en que el deterioro de nuestra economía había tocado a su fin? ¿Cómo, con los indicadores económicos en la mano, se podía pensar algo así?

La tozuda realidad se acaba imponiendo. Y por eso el banco bueno de la Caixa ya no va a ser tan bueno, porque cada mes entran en su balance nuevos activos provenientes de ejecuciones y de daciones en pago. Así, el banco bueno de la Caixa ha creado una sociedad distinta de Servihabitat –que se llama Building Center- a la que ir traspasando los inmuebles. En sólo dos meses ya acumula activos por valor de 135 millones de euros lo que extrapolando, y siempre que la cosa no empeore, supondrían 800 millones de euros al año.

¿Así es como pretende el Banco de España captar inversores para la cajas?

En fin, que ahora les da usted la espalda a sus viejos amigos y parece que busca acomodo en el nuevo Gobierno que ya se vislumbra. Pues nada, inténtelo, que a lo peor tiene suerte.

Gracias a una treta jurídica cuyo pionero fue el chicharro bolsístico conocido como “La Seda de Barcelona”, la otrora ejemplar “Metropolitana Vasco Central, Sociedad Anónima” ha conseguido zafarse del destino cruel que la legislación española le tenía reservado: el concurso de acreedores.

Lo de destino cruel ya habrán adivinado que no es más que un adorno literario, ¿o acaso cree alguien, a estas alturas, que las condiciones del salvamento hubieran sido muy distintas en caso de concurso? No puedo dejar de acordarme de otra “gran noticia” recogida por los medios hace unas semanas, esa que decía que Martinsa Fadesa había conseguido “superar” el concurso de acreedores. Sí, sí, superar, sin complejos. ¿En qué consistió esa “superación”? En empezar a devolver su gigantesca deuda (6.900 millones €) dentro de un año con un calendario de pagos sorprendente: devolución de entre 50 y 100 millones en total durante los tres primeros años – un 1,4% en el mejor de los casos- y el resto en los siete años siguientes –unos mil kilos por año a partir de 2015-. ¿Alguien se cree –el juez, los bancos acreedores, etc.- que Martinsa va a poder devolver 1.000 millones de euros al año a partir de 2015? Probablemente no pero, como faltan cuatro años, pues cuando llegue el momento ya se nos ocurrirá otra cosa u otra excusa.

Visto lo visto, ¿qué importa que Metrovacesa alcance un acuerdo de refinanciación o vaya a concurso? El acuerdo respaldado por el Tribunal británico consiste en transformar 1.200 millones de euros de deuda en capital (de forma que las entidades que ya son dueñas del 77% de la sociedad – Santander, Banesto, BBVA, Caja Madrid, Banco Pastor, Banco Sabadell, ‘La Caixa’ y Barclays- aún lo serán más) y en conceder un periodo de carencia de cinco años para devolver los 4.525 milloncejos restantes. ¿Hubieran sido muy distintos los términos de un hipotético convenio de acreedores para “superar” el inevitable concurso?

Dos poderosas razones han pesado en el esfuerzo de las entidades financieras por mantener a flote este barco oxidado y varado en nuestro particular Pearl Harbour inmobiliario: la imagen y la mora.

En términos de mora, o sea, de contabilidad, está claro que no es lo mismo que la empresa que te debe esté en concurso o que, simplemente, hayan sido renegociados los plazos de devolución de la misma.

Pero, sobre todo, lo que les preocupa de verdad es la imagen: España y su sistema financiero no se pueden permitir que la prensa extranjera lleve a portada la caída de una inmobiliaria que tiene una deuda de 5.725 millones de euros, es decir, 8.300 millones de dólares, casi un billón de pesetas. Inmobiliaria que, por otra parte, ya fue protagonista de la prensa británica por la nefasta operación que supuso la compra en 2007 de la torre del HSBC en Londres: un año después se deshizo del edificio perdiendo 250 millones de libras (sobre un total de 1.100 invertidas). De hecho, no exento de sorna, The Economist consideró esta operación como la mayor venta corta (“short sale”) de la historia del sector inmobiliario; con Metrovacesa en el papel de “la Armada Invencible”, y el HSBC en el de Francis Drake.

Mientras tanto, a las empresas pequeñas y medianas, a los particulares y a los autónomos, difícilmente se les propondrán esquemas tan ventajosos en la refinanciación de sus deudas. Pero eso ya lo dejo para otro post.

Hace un par de semanas los medios publicaron una de esas noticias creadas desde los gabinetes de prensa de las entidades financieras con las que pretenden mostrar su lado más humano: “’La Caixa’ construirá y alquilará 1.142 pisos para familias con pocos ingresos”.

La situación es la siguiente: el promotor que no puede hacer frente a sus deudas con la Caixa, le entrega solares o promociones iniciadas a cambio de cancelación de deuda (o sea, dación en pago). La Caixa pasa esos activos a una sociedad cien por cien de la caja, Servihabitat, que es la que se dedica a la gestión de los inmuebles de la entidad. Y ahora viene lo interesante: Servihabitat vende los activos a La Obra Social de la Caixa. Es, pues, la Obra Social la que acomete las promociones y la que posteriormente las alquila a las familias con pocos ingresos.

Una de las cosas que diferencia a los bancos de las cajas es que estas últimas no son “de nadie”, no tienen accionistas. Los bancos, de su beneficio contable, una parte la destinan al dividendo, que es la remuneración del accionista. Las cajas, mientras tanto, atribuyen una cantidad equivalente a la Obra Social. Es decir, revierten a la comunidad una parte del beneficio. ¿Cómo? De múltiples maneras: residencias de ancianos, centros de día, centros culturales, exposiciones, rehabilitación del patrimonio cultural, etc.

Lo cierto es que cuando leí esta noticia lo único que pensé fue: ¿y porqué no, en vez de construir más viviendas –con todas las que hay en stock-, ponen en alquiler a precios bajos las que YA tienen terminadas? Y no le dí más importancia.

Resulta que tengo un amigo –que suele ser malpensado- que me dijo hace unos días: “¿Has oído lo de la Caixa? ¡Vaya golfos!”. “¿Por qué?”, le pregunté extrañado. “¡Hombre! No me digas que no hay que tener jeta para colocarle los solares a la Obra Social…” Y me dio que pensar: visto así, algo de razón tiene mi amigo.

Pongamos que en vez de una caja, fuera un banco. Es decir, que el banco, en lugar de repartir dividendo al accionista, utilizara ese dinero para sacar adelante algunos de los solares que le pudren el balance ¿pensaría mi amigo igual? Así que le trasladé la pregunta y esto fue lo que me contestó: “No es lo mismo. Si un banco decide no dar beneficios un año para sanear balances, chapeau; pero es que, en este caso, el beneficio lo está dando y lo está atribuyendo a la Obra Social, la cual utiliza posteriormente para quitarse un muerto de encima: más que la Obra Social de la Caixa parece la Obra Social para la Caixa”

Y vosotros ¿qué pensáis?









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