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Los que fuimos jóvenes en la segunda mitad de los ochenta y principios de los noventa tuvimos la ocasión de experimentar, como ninguna generación anterior lo había hecho, una auténtica explosión de libertad. Nuestros padres, los cuarentones de la época –ni qué decir los abuelos-, asistían atónitos a un período socialmente revolucionario y rebelde, al mayor choque generacional de nuestra historia. Pero no sólo ellos: nosotros mismos, adolescentes inseguros, que habíamos sido educados en los valores y principios que habían guiado a nuestros mayores, nos sentíamos perplejos ante el brutal cambio.

Todo valía. Y si algo fue representativo de la época –además de una auténtica edad de oro musicalmente hablando- fueron las drogas. No sé cómo andan ahora las leyes ni la tolerancia social, pero en aquel entonces se podía adquirir con toda tranquilidad hachís en un bar céntrico de una ciudad cualquiera, y sin necesidad de esconderse del resto de la clientela. Era posible incluso apostarse a la entrada de una comisaría y fumarse un porro delante del policía que frecuentemente hacía guardia a la entrada sin temor ni siquiera a una reprimenda paternalista.

Sin referencias asentadas, y con unos padres en general aturdidos por el devenir de los tiempos, los jóvenes de la época tuvimos que, autodidactas, redefinir principios y armar nuestra propia escala de valores, no sin tropiezos y errores que aprendimos mediante el consabido prueba-error. La libertad es maravillosa… si se sabe utilizar, claro. Libertad implica responsabilidad. Y muchos, entonces, no supieron, no pudieron, o no tuvieron la suerte de utilizarla con un mínimo de responsabilidad. Y algunos se quedaron por el camino. Drogas, dinero fácil e inmadurez llevaron a unos cuantos al cadalso y a otros tantos a centros de rehabilitación donde nada pudieron hacer por cerebros y voluntades terriblemente dañados. Chicos, algunos ciertamente brillantes, cuyas vidas han discurrido a la postre por un camino que nunca imaginaron y, siempre desde entonces, tutelados.

España, como colectivo, es hoy uno de esos chicos. Un país deslumbrante que lo tenía todo. El niño mimado de Occidente. El hijo de papá con un billete de más en la mesilla de noche.

 

Ayer, después de varios y continuados avisos, papá Europa le dijo ¡basta! y tomó las riendas de la situación. Ayer quedó en evidencia que España es incapaz de gobernarse a sí misma, que ha diseñado una estructura política que favorece que los torpes, los indolentes, los obtusos, los abúlicos y los más irresponsables sean los que dirijan los destinos colectivos. Un país esclavizado por la deuda, por el dinero fácil, por el estómago agradecido. Una juventud anestesiada, embrutecida y sin motivaciones. Una clase empresarial amoldada a las mordidas y las componendas. Una clase trabajadora que sólo quiere derechos y rehúye las obligaciones. Una economía subvencionada, un pueblo esclavo de sus debilidades. Inmaduro. Irresponsable.

El Memorando de Bruselas (MoU), triste es decirlo, es lo mejor que le ha pasado a España en –por lo menos- los últimos cuatro años. El rescate financiero que Zapatero se negó a hacer, el rescate financiero que Rajoy no se ha atrevido a hacer. Como decía ayer acertadamente el periodista Hermann Tertsch en twitter, ‘quien no ejerce su poder invita a otros a arrebatárselo’. En efecto, hemos pasado del “¡que inventen ellos!” al “¡que reformen ellos!”.

Los 32 mandamientos recién llegados de Europa son el mejor programa de gobierno que hemos tenido en mucho tiempo; esa dieta que sabes que tienes que hacer pero que siempre dejas para mañana. La receta adecuada para que el drogata se desenganche. Ni siquiera han olvidado la metadona: nos dejan seguir viviendo por encima de nuestras posibilidades otro añito más –el cumplimiento del déficit se aplaza a 2014-.

El desglose del MoU lo tienen a su disposición hoy en todos los medios generalistas y económicos (por supuesto aquí, en LibreMercado), y a lo largo de la jornada se publicarán docenas de interpretaciones. Bajo mi punto de vista, y ya poniendo un ojo en el saneamiento bancario ergo inmobiliario, un par de objeciones:

-         Me gustaría que se revisara, en profundidad, el balance de todos los bancos. Incluidos aquellos que se supone que están bien.

-         18 meses me parecen una eternidad para proceder a la recapitalización de la banca. Debe ser un proceso mucho más rápido. De otra manera el mercado inmobiliario permanecerá muerto hasta el final del periodo y el precio seguirá en un proceso lento de descomposición, agravando la sensación de pobreza que cunde entre la población, abrumadoramente propietaria.

 

Lo más sorprendente del traspaso de poderes acaecido ayer –quizá lo más importante desde el 6 de diciembre de 1978- es que ha pasado sin pena ni gloria. Anoche, mientras escribía esto, el tema más caliente en twitter era “noche minera”-asunto que me produce tal sonrojo que, para no darle importancia, ni siquiera voy a comentar-. Y el resto, temas intrascendentes relacionados con programas televisivos.

¿Queda, pues, algo de dignidad en la España de 2012? Sí. Durante todo el día el nombre de Miguel Ángel Blanco, mártir de la libertad y de la nación, se mantuvo en el top ten de los asuntos más debatidos. El niño pijo yonki todavía manifiesta signos de lucidez. A lo mejor el protectorado alemán dura menos de lo que me temo. Ojalá.

 

Mar Díaz Varela, en un artículo publicado en La Vanguardia el pasado domingo, nos ofrece la clave de lo sucedido en España desde 2008:

(…) se produjo una conspiración del silencio. El gobierno negó rotundamente la crisis. El sector financiero se enrocó asegurando que eran las entidades más seguras del mundo. Prensa especializada, economistas y líderes de opinión se conjuraron para no alarmar a la opinión pública y evitar que se pinchara la burbuja inmobiliaria de forma descontrolada. Se optó por un aterrizaje suave de la burbuja inmobiliaria que evitara el crac.

También el domingo, en un artículo indisimuladamente laudatorio, El País exculpaba al bueno de MAFO con argumentos como éste:

el supervisor apostó, en línea con las tesis del Gobierno (y de la oposición del PP, que apoyó todas las reformas financieras) por una reestructuración lenta del sector, sin intervención del Estado para no gastar dinero del contribuyente

¿A quién intentan engañar a estas alturas? Lo que sucedió en España desde 2008 es la consagración del principio del extend & pretend del que a menudo han hablado Daniel Lacalle y Alberto Artero en El Confidencial. Una maraña de intereses cruzados, ingentes cantidades de dinero en juego, medios de comunicación hiperendeudados, políticos cazados en la gestión de las Cajas, y, como explicó Gay de Liébana en el programa Salvados hace unas semanas, donde 28 grandes empresas del país han consumido el 50% de la deuda corporativa de la nación. Empresas que suelen nutrir sus consejos de administración de políticos de todos los partidos. Empresas que, frente a lo que se cree, sólo dan trabajo a algo más de un millón de españoles (sobre un total de 18 trabajando). Empresas que contribuyen al sostenimiento del Estado en mucha menor proporción que lo que les corresponde gracias a los agujeros intencionados de la legislación fiscal. Empresas que, en fin, se reparten sus correspondientes mercados en oligopolios de facto.

En definitiva, esta suerte de aristocracia que gobierna en la sombra engañó conscientemente al pueblo soberano, y engañó a sus partenaires europeos –mientras los demás recapitalizaban bancos, nuestro establishment se ufanaba de la fortaleza de los nuestros-. Pero, sobre todo, y lo que es más grave, la conspiración del silencio fue un auténtico robo. El robo de nuestro presente y de nuestro futuro. ¿O acaso no se da cuenta, amigo lector, de que si estamos en el peor momento de la crisis es por haber elegido el fraude? ¿Acaso no percibe que, de haber actuado con valentía y sentido común a tiempo, muy probablemente hoy estaríamos saliendo del agujero y creando empleo? La destrucción del tejido empresarial no habría llegado a los extremos de hoy, ni las cifras de paro hubieran alcanzado los seis millones. Sí, no me equivoco: todos los indicadores adelantados de actividad predicen este horrible número para antes de final de año.

Hay que tener una desfachatez enorme para afirmar sin rubor que la reestructuración “lenta” era para “no gastar dinero del contribuyente”. Lo que había detrás de la reestructuración “lenta”, es decir, del “meter bajo la alfombra toda la porquería”, no era ni procurar el soft landing de la burbuja ni evitar, como en las mentiras piadosas, que el pueblo sufriera. Se trataba ni más ni menos de un mero ganar tiempo “a ver si escampa”, patada p’alante y “en un par de años o tres esto está solucionado y seguimos donde estábamos”.

Si me han leído sabrán que no soy para nada partidario de la socialización de las pérdidas de la banca, es decir, de su nacionalización y recapitalización con nuestros impuestos. Pero, fíjense: si esto se hubiera hecho en 2008 –incluso en 2009- ahora España sí estaría en la champions league. En aquel tiempo, y antes de que Zapatero dilapidara el crédito de la Nación en inconsecuentes planes E, la deuda del Estado sobre el PIB apenas sobrepasaba el 40%. Aun destinando 300.000 millones (y ya es tirar por lo alto, sobre todo en aquel momento) al saneamiento, la deuda sobre PIB sería inferior a la de hoy.

El Gobierno actual no está siendo fino en la gestión de la situación actual, ni mucho menos. No ahorro en críticas al Presidente, como pueden leer en este post, o como habrán comprobado los que me sigan en Twitter. Negar la evidencia (“no es un rescate, son prestamihilillos de plastilina”), no reconocer que los intereses del préstamo computan para el déficit, o la falsa euforia en la comparecencia del domingo le pasará factura, antes o después. Sin embargo, en medio de tanta crítica y desconcierto, hoy quiero felicitar al ministro De Guindos. Porque él ha sido –dudo de si esto es lo que esperaba Rajoy de él cuando le nombró ministro- quien ha proclamado: “el rey está desnudo”, la banca está en pelotas. Algún economista se rasgaba las vestiduras estos últimos días por que “no saben lo que han desencadenado con esto”. Claro. Es mejor vivir instalados en el enjuague de intereses. Es mejor condenar a una generación a la mayor de las miserias con tal de salvar a los jerarcas del régimen. Como escribía Kike Vázquez el lunes, “lo que no podemos es aplaudir cuando la avestruz agacha la cabeza en la tierra y criticarla si la quita, porque entonces lo que queremos es no ver la realidad”.

De Guindos hizo una buena intentona con la primera reforma financiera. Cincuenta mil millones de golpe. Sumados a los ya provisionados, tal vez hubiera funcionado en 2009, o incluso en 2010. Pero ya no en 2012, con la economía desintegrándose por momentos. Además, al incobrable crédito-promotor, ahora hay que sumar el hipotecario (cuya mora del dos y pico hace tiempo que no se cree ningún inversor), el soberano (nuestra banca atesora el 46% de la deuda pública española) y, últimamente, el corporativo (la macrodeuda que tiene exhaustas a muchas de las grandes compañías del país y a un sinfín de pymes).

Probablemente el ministro era consciente de que podía fallar. De hecho, la cifra y los plazos estaban tan a la medida de la capacidad de encaje del sistema financiero que poco tardó el mercado en percibir que no era sino “la mayor reforma que el sistema podía aguantar sin resquebrajarse”. Y los plazos, ¡ay, los plazos! Si algo he aprendido de este conato de reforma es que no se pueden conceder 12 meses –y mucho menos 24- para ejecutar las provisiones. Hay que hacerlo de golpe, de una vez. El mercado tiene que recibir un impacto inmediato en cuanto a la disponibilidad de viviendas a la venta y en cuanto a su precio. De otra manera, se produce un interminable goteo de precios a la baja que paraliza el mercado, y condena a la vivienda a una espiral destructiva de valor.

La segunda reforma financiera, la de los 30.000 millones sobre el crédito-promotor “bueno”, ha sido precipitada y torpe. El mundo financiero recibió dos mensajes: 1) “El Banco de España es un decorado”; y 2) “ninguna partida de las cuentas de los bancos españoles es fiable”. La enorme desconfianza que generó en los mercados esta desgraciada actuación, más los toques de atención del FMI y Draghi, precipitaron el affaire de Bankia, probablemente mal aconsejado en su desenlace final por la “reunión de pastores” (Botín, FG y Fainé) en las horas previas a la dimisión forzada de Rato.

El minirescate, rescate ‘dulce’ o ‘light’, es, de facto, la tercera reforma financiera de la legislatura. Estos últimos días he leído interesantes y acertados análisis sobre el asunto (Kike, Vázquez, David Taguas, Juan Ramón Rallo, Luis Garicano, Sala i Martín, Antonio España, Benito Arruñada, Manuel Llamas,…), que coinciden en señalar que, aceptando que es un acuerdo menos malo que el del resto de Pigs, el problema de fondo subyace. Es más, lo único que se consigue es ganar algo de tiempo, por un lado; y traspasar el problema desde el balance de las entidades financieras al de las cuentas del Estado, por el otro.

En efecto, el tan cacareado rescate consiste en algo tan sencillo como que Europa presta a España unos recursos (hasta 100.000 millones) que por sí misma no podría obtener o que, de hacerlo, sería a un precio –interés- prohibitivo. Eso es todo. El ‘regalo’ se limita a tres puntos porcentuales en el tipo de interés. Pero no hay rescate directo a la banca. ¿Entienden ahora por qué la prima sigue desbocada? El Estado español es el responsable del crédito; es quien sanea a las entidades enfermas, quien socializa las pérdidas privadas. Supone un incremento en la ya pesada carga de la deuda pública de alrededor de 10 puntos de PIB. Prácticamente todos los articulistas mencionados hacen referencia más o menos directa a una alternativa que sí hubiera supuesto un freno a las especulaciones sobre España: la capitalización directa de la banca por la UE. “Al fin y al cabo, los que prestaron a nuestro sistema financiero fueron los bancos, cajas y compañías de seguros del norte de Europa, y deberían correr con las consecuencias”, señala acertadamente Luis Garicano.

¿Y para que son los 100.000 millones? Para sanear la banca. Ojo, porque no es un dinero que se les transfiera a las entidades para que a su vez lo usen para financiar la economía real, no. Eso vendrá después, dentro de algún tiempo.

De lo que se trata ahora es, sencillamente, de que reconozcan la verdad de sus balances, de que saquen la mierda bajo la alfombra acumulada en el periodo supervisado por MAFO. Unas pérdidas que llevarían a la quiebra a buena parte del sistema y que, gracias a esos 100.000 millones, lo evitarán. Una condición necesaria, aunque no suficiente, para que la banca vuelva, a medio plazo, a dedicarse a lo que se tiene que dedicar.

¿Y van a bajar los pisos un 70%, como decía ayer un artículo que leí repetido en varios medios? Pues depende. Depende de las condiciones que finalmente acabe estableciendo para el préstamo la señora Merkel.

Las provisiones de pérdidas facilitarán el reconocimiento de los créditos fallidos por lo que previsiblemente las promotoras zombies dejarán de existir tal y como las hemos conocido, produciéndose un trasvase de activos inmobiliarios hacia las entidades financieras. Éstas los asumirán en sus balances a un valor sensiblemente inferior al que tenían anteriormente. Por tanto, podrán sacarlos al mercado a precios competitivos sin incurrir en mayores pérdidas. La pregunta del millón es: ¿lo harán? ¿Contarán con el incentivo necesario una vez que ya han provisionado la pérdida, o jugarán a especular?

En la penúltima reforma financiera, De Guindos, para evitar esta circunstancia, ha contemplado la creación de vehículos societarios diferenciados del banco en los que volcar los activos inmobiliarios con la obligatoriedad de vender, al menos, un 5% anual. Por tanto, las entidades pueden estar hasta 20 años vendiendo inmuebles. Mucho, demasiado tiempo.

Estoy de acuerdo en que no sería razonable forzar la venta en un periodo muy breve, pues la puesta en el mercado de una cantidad ingente de activos generaría un desequilibrio demasiado grande entre oferta y demanda, lo que provocaría sin duda una nueva espiral de caídas de precios que dañarían de nuevo al sistema financiero y a la economía en general. Pero, hombre, 20 años se me antoja una eternidad. Sólo nos faltaba que, encima de rescatar a la banca, se haga rica otra vez a nuestra costa.

Así las cosas, habrá que esperar a lo que diga doña Ángela.

En efecto, España parte de una situación en la que se han hecho grandes inversiones que han sido poco rentables y en algunos casos ruinosas; y lo ha hecho a costa de endeudarse fuertemente (deuda privada: inversión inmobiliaria; deuda pública: planes de estímulo tipo plan E). Como le pasa a esa empresa, el banco (que en este caso serían los inversores internacionales que prestan al Estado y a la banca) le está presionando cada vez con más dureza. Así, cada vez que renueva “pólizas de crédito” (las nuevas emisiones de deuda y la refinanciación de los vencimientos) le sube el interés. Y le pide que, si quiere seguir siendo refinanciada, debe mostrarle las cuentas de su “negocio” (incluso manda empleados suyos al “departamento financiero” –el Ministerio de Economía- para comprobar cómo hacen esas cuentas, ya no se atreven a poner la mano en el fuego). En el caso de esta España, S.A., la situación es algo peor que la de la empresa que visité, pues está entredicho la capacidad de la compañía de generar flujos de caja (PIB) positivos. Hace dos años fue negativo y el último año ha rondado el cero. Las previsiones del departamento financiero es que en este ejercicio el resultado va a positivo. Sin embargo, en el banco que le financia tienen serias dudas de que eso vaya a ser así, pues España S.A. tiene tanta capacidad productiva ociosa (20% de paro) que ve francamente complicado que la cuenta de resultados mejore. Por eso, en este caso, además le impone, como condición, cambios profundos en la empresa (que serían la reforma del mercado laboral, de las pensiones, congelación de salarios públicos, etc.).

Por otra parte, y al igual que hemos visto con grandes empresas aquí (Reyal Urbis, Sacyr, Prisa,…) y allá (AIG, Royal Bank, ING,…) el financiador, en el fondo, teme la caída de España, S.A.: es tan grande que podría llevarse por delante al banco (“too big to fail”). Eso le lleva a ser paciente y cauteloso, y está deseando “creer” que la empresa se salvará, por lo que, mientras pueda, va a preferir seguir solucionando la situación mediante refinanciaciones continuas.

En definitiva, gracias a las refinanciaciones estamos comprando tiempo, que deberíamos aprovechar para poner en marcha medidas que vuelvan a poner a tope el tejido productivo: el día que los inversores crean que somos capaces de repagar la deuda sin graves tensiones, la presión se relajará. Mientras tanto, están jugando al mismo juego que han jugado los bancos españoles con las promotoras importantes: la huída hacia delante pensando que “de aquí a dos años a lo mejor escampa y todo se arregla”. La clave está, por tanto, en que el negocio, la explotación en sí, genere flujos positivos. A partir de ahí ya adecuaremos los pagos de la deuda a la liquidez sobrante generada.

Como el país está tan acuciado por las deudas, se está desatendiendo el negocio. De hecho, todavía no hemos presentado un Plan de Negocio sino que nos hemos limitado a implantar, con pereza, desgana e incredulidad, los cambios que nos han impuesto. Por otro lado, el banco (los inversores) tampoco se acaba de creer el valor de las “existencias” (activos inmobiliarios) de nuestra compañía. De hecho, sabe que en otra compañía que se dedicaba a lo mismo que nosotros (Irlanda) sus existencias estaban sobrevaloradas. Pero le da miedo conocer su valor actual, no sea que tenga que forzar el concurso (el rescate).

Sin ese Plan de Negocio completo, integral, coherente; sin actualizar el valor de esas existencias; y sin flujos positivos (PIB positivo), el riesgo de concurso sigue vigente. Más aún si cabe que hace un año en cuanto que en el resto de países del mundo la crisis es historia: su fortaleza puede animarles a acometer la costosa empresa de reordenar España, S.A.

Desdramaticemos el rescate. Al igual que el concurso de acreedores puede ser –y de hecho lo es en muchísimos casos- fantástico para la continuidad de la empresa; al igual que las recapitalizaciones en EE.UU. han sido por lo general un éxito (AIG, GM, etc.), el rescate sirve para sanear, poner en orden la empresa, sin preocuparse todo el día por la deuda porque ya la tienes concedida, a un buen precio, y con un buen calendario de pagos.









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