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Que Mariano Rajoy, con la imposición del Collar de la Orden de Isabel la Católica en su primer BOE, haya aceptado la herencia de Rodríguez Zapatero a beneficio de inventario no elude a éste último de sus responsabilidades ni le exime, por tanto, de la condena de la Historia –y, quien sabe, si de la de alguna otra instancia más terrenal e inmediata-.

Ayer por la tarde se ha sabido que, en lo que es uno de los principales agravios que ha sufrido España en lo que llevamos de crisis, la República de Irlanda ha obtenido una importante victoria en sus negociaciones con la UE al conseguir que Hollande y Merkel apoyen, como cosa excepcional, la recapitalización directa de sus bancos.

España lleva luchando por obtener este mismo tratamiento desde que, hace unos meses, fuimos forzados a solicitar un rescate financiero –que, a priori, va a suponer la friolera de 40.000 millones de euros-.

Pero, antes de seguir, ¿por qué es tan importante esto de la “recapitalización directa”? Tendría tres efectos importantísimos: el primero, es que la deuda necesaria para recapitalizar la banca no computaría como deuda pública española, aligerando la enorme losa de las cuentas públicas –lo cual, si no evitaría, al menos retrasaría nuestro quinielado default-. El segundo, que la carga recaería sobre el conjunto de los ciudadanos de la UE y no sólo sobre las del exhausto contribuyente español. Y tercero (quizá el más importante), se rompería la peligrosísima dinámica de préstamos cruzados entre la banca nacional y el Estado –un círculo vicioso letal-.

En España, a pesar de que los verdaderos protas de la UE no se habían pronunciado en tal sentido, sin embargo nos habíamos hecho ilusiones por algunas declaraciones –mero wishful thinking- de excelsos prebostes de incuestionable tarjeta de presentación VIP pero que, a la postre, no son más que meros figurantes de la escena bruselense. Así, la famosa carta –que atormenta a un atribulado Miquel Roig como se puede advertir en su magnífico blog-  publicada en la web del ministerio de economía finés y firmada por el país anfitrión, Alemania y Holanda dejaba claro y meridiano que el MEDE no iba a asumir las pérdidas del saneamiento de la banca española.

Y se preguntarán, ¿qué ha pasado para que Irlanda sí sea meritoria de la asistencia de sus socios? La ausencia de dolo, de mala fe. Así lo explicaba François Hollande ayer mismo: “la especificidad irlandesa es el calendario”. “En ese país los bancos fueron recapitalizados hace meses, antes de que existiera el MEDE y el mecanismo del BCE, lo que obligó a Dublín a llevar a cabo este proceso a costa de sus presupuestos”.

 

¿Y España? ¿Ha engañado? ¿Cuáles son las diferencias?

Irlanda fue honesta, y humilde, desde un principio. En cuanto surgieron dudas acerca de su sistema financiero, acudió con el séptimo de caballería al rescate de la banca. Y resultó que la banca tenía un agujero que succionó sin compasión todo el crédito de la República. Así las cosas, Irlanda fue arrastrada al precipicio con lo que no le quedó otra que solicitar un rescate a Europa. Hablamos de la prehistoria de la crisis, cuando aún no había mecanismos de rescate, y realmente se pensaba que era más bien un asunto americano (subprimes) con algunos –pocos- daños colaterales.

Posteriormente Irlanda –el pueblo irlandés- ha mostrado una gran serenidad durante todos estos años. Entonaron el mea culpa, y nadie recuerda manifestaciones violentas ni acampadas en Dublín. Resignada, pero responsablemente, se ha tragado su crisis. Si acaso beligerantes, lo fueron donde el sentido común lo hacía necesario: el mantenimiento, frente a las “recomendaciones” de la troika, de su bajísimo impuesto de sociedades, razón por la cual la mayoría de empresas de los Estados Unidos –y no sólo de allí- radican en Eire su sede europea. O sea, más ingresos y más empleo.

Mientras todos hacían sus deberes (recordemos que incluso Alemania, Holanda y Reino Unido recapitalizaron entidades), aquí –y perdonen el tópico- teníamos el sistema financiero más sólido del mundo. Se implantó la filosofía del pretend & extend que no sólo consistió en impedir el pinchazo de la burbuja crediticia y financiera en los balances bancarios, y en promover fusiones ruinosas: el Estado gastó a razón de unos 100.000 millones de euros anuales por encima de lo que ingresaba. Así, si al comienzo de la crisis nuestra deuda estaba en el entorno del 36% del PIB, a final de 2011 había superado el 70%… ¡y sin haber empezado el doloroso proceso de recapitalización!

De hecho, cuando el nuevo Gobierno tomó posesión, tampoco se atrevió a acometer el saneamiento que realmente hubiera hecho falta, sino que se conformó con una Reforma Financiera (la primera) ambiciosa, pero limitada a lo que el propio establishment se podía permitir. Una reforma que quizá hubiera bastado en 2008 o 2009, pero no a principios de 2012, con una economía en plena descomposición. Inversores, agencias de calificación y, finalmente, Europa, se dieron cuenta de que era insuficiente y exigieron dotar provisiones por pérdidas mayores, y someter los balances de la banca a un análisis independiente y externo –manifestando así el terrible descrédito sufrido por el Banco de España bajo las órdenes de Fernández Ordóñez y la tutela de Rodríguez Zapatero-.

 

Concluyendo:

1)      España reconoció tarde sus problemas

2)      los reconoció a medias

3)      hasta el punto de ser forzada a hacer una valoración independiente

4)      gastó su crédito en absurdas políticas keynesianas en lugar de usarlo, en el momento adecuado, para recomponer su sistema financiero

5)      se mantiene orgullosa y no quiere reconocer que es el Estado en su conjunto el que requiere rescate.

Estas y no otras son las razones de la “excepcionalidad” irlandesa.

 

Dedicado a mis queridos @godivaciones y @miquelroig

 

Sr. Rajoy,

A pesar del comienzo de mi artículo, no crea que le deseo un mandato fugaz. Sinceramente me gustaría que pudiera optar con garantías a una segunda legislatura y que la ganara. El socialismo ha hecho tanto daño a este país durante los últimos siete años que sería terrible volver a reeditar la experiencia.

Muchísimos españoles pensábamos que Ud. vendría para enderezar el rumbo de la Nación -no sólo el económico- pero según pasan los días cunden, justificadamente, la preocupación y la desesperanza.

Quizá nos hicimos demasiadas ilusiones, pues ya en la oposición titubeó en situaciones que merecidamente exigían decisión y autoridad -como en la trama “Gürtel” o en los múltiples casos de corrupción del levante gobernado por sus barones-. Pero, claro, también tenía en su haber el buen recuerdo de los años en que jugó un papel protagonista en los gobiernos de José María Aznar.

El caso es que la legislatura empezó del peor modo posible: convalidando y dando por buena la acción de gobierno de Zapatero. El mismo día que consumaba la traición a sus votantes elevando el impuesto sobre las rentas del trabajo y del capital, condecoraba a aquél que Ud. mismo calificó de ‘bobo solemne’ con el Collar de la Orden de Isabel la Católica. Sí, esa distinción que se concede a los que han realizado “comportamientos extraordinarios que redundan en beneficio de la Nación”.

Aunque el impuestazo ya debía habernos puesto sobre aviso, lo cierto es que lo interpreté como una concesión ineludible a Bruselas o, al menos, como un gesto de buena voluntad a los que nos estaban facilitando un bajo interés por la deuda. Sin embargo, ahora empiezo a entender que lo que realmente pasa es que –y Ud. me perdone si me equivoco- no tiene una verdadera política económica, no responde, al menos en este ámbito, a unos principios, a un plan, a una visión.

Para ser justos hay que reconocer que se ha dado prisa en poner en marcha reformas ineludibles, como son la financiera y la laboral. Lamentablemente, ambas se han quedado a medio camino y pronto –sobre todo la financiera- las tendrá que “re-reformar”. Más adelante le explicaré por qué creo que ha obrado a medias.

Ud., que siempre alardea de ser predecible y sensato, no lo está siendo en estos tiempos. No es sensato someter las urgencias económicas de la Nación a unas elecciones autonómicas. No es predecible una subida de impuestos cuando el rompeolas del PP -el Gobierno autonómico de Madrid- o su antiguo líder y presidente –Aznar- han basado su éxito en menos impuestos y más libertad económica. No es predecible ratificar los liberticidios socialistas en casos como la ley antifumadores o la Educación para la Ciudadanía. No es sensata ni predecible una amnistía fiscal al tiempo que (¡quién te ha visto y quién te ve!) se pretende cercenar el libre derecho de pago en efectivo, estableciendo la presunción de delincuencia del ciudadano –presunción que ya cuenta con el funesto precedente de la ley Sinde-Wert-.

En el debate que mantuvo con Rubalcaba antes de las elecciones Ud. afirmó que no tenía hipotecas, que no debía nada a nadie. Pues, francamente, no es esa la sensación que está transmitiendo. Si no, no se explica el gabinete de cuotas que ha compuesto –con la bicefalia económica como máximo exponente-; ni las veleidades en Cataluña y en el País Vasco; ni la tibieza con que enfrenta la reforma financiera. Y me estoy refiriendo fundamentalmente a Bankia. Sé que es un marrón: las antiguas cajas de sus dos feudos más señeros y, encima, coronadas por el que fuera su compañero y superministro de Aznar. Pero se equivoca si cree que Bankia, Andalucía o las familias de Génova son sus acreedores. Sus acreedores somos nosotros, los españoles. Los de ahora, los de antes, y los que vendrán.

La última vez que se le vio alegre, Sr. Rajoy, fue celebrando la victoria electoral en el balcón de su sede. Desde entonces su cara rezuma preocupación. Y no es para menos. Sé que la economía no es su fuerte, y no se lo reprocho, pero sí lo es no estar bien asesorado. Si lo que cuenta el empresario Martin Varsavsky es cierto, su responsable de política económica antes de acceder al Gobierno, el Sr. Montoro, no conocía con profundidad la naturaleza de la crisis a la que nos enfrentamos. Si no, no se explica que afirmara sin titubeos que “las cosas estaban mucho peor en 1996 que ahora”. Estoy seguro de que también influyó en su errada percepción la facilidad con que Zapatero se zafó de las acometidas de Bruselas: no debíamos estar tan mal, pensaría Ud., cuando en Italia el presidente del gobierno fue sustituido en un abrir y cerrar de ojos por un cónsul del Imperio. Lo cierto es que el Imperio no tomó medidas porque presumía que el partido que Ud. representa, con su marchamo de tecnócrata y bien preparado, sabría hacer “lo que hay que hacer”. Por la expresión de su faz he de suponer que ahora ya conoce el problema en toda su magnitud. Sin embargo dudo de que se esté asesorando correctamente para salir del atolladero.

Le voy a decir lo que creo: Ud. pensaba, como el Sr. Montoro, que esto se solucionaba con unas cuantas privatizaciones, un par de reformas light, y un amago de austeridad. Un año –o dos- con malas caras y, al tercero, a recoger la cosecha. Ni por asomo se ha planteado Ud. reformar el Estado de las Autonomías, instaurar la separación de poderes, introducir la democracia interna en los partidos, o eliminar la partitocracia. Pensaba que, como en El Gatopardo, bastaría cambiar un par de cosas para que todo siguiera igual. Pues esto no ha hecho más que empezar. Los desafíos que tiene por delante son tremendos. Y la tibieza es la peor consejera.

Inspírese en otros líderes que han afrontado otras situaciones de dificultad: ahí están Churchill, Reagan, Thatcher y, más cerca, el propio Aznar. Mire a su alrededor: la pequeña Irlanda se empeñó en mantener su Impuesto de Sociedades al 12,5% y no ha habido Troika que pueda con ello. Y están saliendo del hoyo. Probablemente si no hubieran socializado las pérdidas de su banca ya estarían a velocidad de crucero. Recuerde la máxima de su antiguo jefe: “la mejor política social es crear empleo”. ¿Y cómo se crea el empleo? Eliminando trabas administrativas, reduciendo impuestos y… con un sistema financiero sano.

Lamento decirlo, pero la imagen que está dando las últimas semanas es la de pollo sin cabeza, la de cola de lagartija. Se nota que no tienen convicción en lo que están haciendo. Sus ministros anuncian las medidas pidiendo disculpas por adelantado, como dando pena. Y Ud. hace lo mismo: “Ya me gustaría poder gastar 20.000 millones más…”, dijo hace unos días en el Congreso. Ayer mismo se volvió a escenificar por dos veces la improvisación y el desenfoque. Primero, con la desautorización de De Guindos por Floriano. Después, con la escueta nota de prensa enmendando el ya remendado Presupuesto de este año. Desolador. Un gobierno a golpe de editorial de Financial Times, de advertencias de Goldman Sachs, de prima de riesgo. Patéticamente zapateril.

Sr. Rajoy, en los mentideros de la corte ya se baraja su posible sustitución como Consejero Delegado de España, S.A. para verano. ¿Y se imagina quién puede ser su sucesor? En efecto, Joaquín Almunia. Y, ¿quién mejor para “hacer lo que hay que hacer” que un socialista adiestrado en Bruselas? ¿Quién mejor para controlar a sindicatos y a los resistentes a los cambios que “uno de los nuestros”? ¿Quién mejor para hacer políticas socialdemócratas que un socialdemócrata? Se lo está poniendo demasiado fácil, Sr. Rajoy. Y encaja con el affaire de las filtraciones a Reuters.

Pero, ¿sabe una cosa? Todavía está a tiempo de cambiar este infausto destino. Seguro que tiene una visión de España. Pues bien, haga un plan para conducir al país hacia esa visión. Comuníquelo comme il faut – deshágase urgentemente del Caballo de Troya de RTVE- y dé la cara ante los españoles, y tome las medidas que conduzcan a él con coherencia. Y recuerde: la mejor política social es crear empleo.

Muchísimos españoles, yo el primero, estaremos ahí para apoyarle. Vale la pena intentarlo.

 

Parece que ha pasado una eternidad desde que la prensa titulaba, un dos de agosto de un año cualquiera, “en Madrid, en verano, Baden-Baden”. Madrid, este año, es cualquier cosa menos Baden-Baden. Es un auténtico hervidero, y no precisamente porque haga calor (¿dónde están, por cierto, los del cambio climático?). Los que nos hemos ido sólo lo hemos hecho en cuerpo, pues nuestra alma, gracias al diabólico invento de las  universidades de Stanford y UCLA, se mantiene pegada a la actualidad del Foro como nuestros abuelos lo estaban al transistor cuando el Madrid jugaba las Copas de blanco y negro.

Conectarse a la web de Expansión o El Economista, en estos primeros días de agosto, garantiza un vuelco al corazón. Ayer Twitter estaba tan activo como cualquier día lectivo, sino más. Opinadores, periodistas, economistas, y gentes de toda condición expresaban su inquietud por la deriva incierta de España: “¡400 puntos!”; “¿hemos cruzado la línea roja?”. En la radio, las amas de casa preguntaban alarmadas: “¿va a haber corralito?”, “¿sacamos nuestros ahorros?”. Y los tertulianos se afanaban por tranquilizar al pueblo.

Mientras tanto, la policía por fin actuaba y desalojaba a nuestro Tea Party, más conocido como 15m, de la Puerta del Sol y del Paseo del Prado, unos días antes de que, por usucapión, se los apropiaran. Un movimiento que empezó con buen pie y que, mientras duró, fue representativo de amplias capas sociales. Pero que en las últimas semanas ha derivado en una corriente cada vez más residual trufada de izquierdistas radicales y antisistema. Del “sin banderas” han pasado a ondear sin complejos la inconstitucional y preconstitucional republicana. De pedir la reforma de la Ley Electoral o la separación de poderes, han pasado crear asambleas de barrio que se arrogan la potestad de expropiar bienes privados o públicos o a desafiar, ejerciendo la violencia, a las autoridades, ya sean estas miembros electos de la comunidad o fuerzas de orden público de un sistema que podrá gustar más o menos pero que, sin duda, es democrático.

Y como telón de fondo, la mayoría silenciosa, dormida y aborregada, llorando empáticamente con la “pobre” Sonia Monroy a la espera de las mayores emociones que garantiza el doble duelo supercopero de Madrid-Barça, Barça-Madrid. Tanto monta, monta tanto.

Ando estos días por tierras del Alto Duero, a los pies del monte Urbión, pulmón de Castilla entroncado con la mitología vasca a la que debe su nombre. Aquí la vida discurre en modo muy parecido a como lo hacía hace veinte o treinta años. La otra noche, en una cena con veteranos, alguien relató la anécdota de cómo fue la adquisición, hace ya bastante tiempo, del único banco que tuvo su sede social en Soria –la Banca Ridruejo- por parte del entonces provinciano Banco de Santander. Una cosa fue llevando a la otra y terminamos hablando de créditos y deudas: “Cuando yo era joven no daban crédito a cualquiera; tenían muy en cuenta para que ibas a utilizar el dinero. A nadie le prestaban para cosas como comprarse un coche o irse de viaje, ¡estaría buena! El dinero se prestaba para negocios, para cosas productivas. Y no bastaba con que el negocio o la idea fuera buena: había que acreditar una excelente hoja de servicios”. “Había uno del banco que por las tardes se recorría el Casino y otros bares donde había partidas, y al que veía que era aficionado al juego, ya se podía ir despidiendo de conseguir un crédito”. Cómo han cambiado las cosas, ¿verdad?

Podemos escuchar los sesudos informes de bancos de negocios, o tragarnos los reportes de las agencias de calificación; leer las recomendaciones de Krugman, Stiglitz, Roubini o Carmen Reinhart. Podemos meternos entre pecho y espalda el informe Recarte, o las últimas publicaciones de Tamames, Rodríguez Braun o Swartz. Incluso los planfletos de Hessel o Escolar. Y seguro que aprenderemos cosas muy interesantes. Pero si queremos entender lo que está pasando en el mundo, nos basta con tener claras dos ideas:

1)      Si ganas 100, sólo puedes gastar 100. Porque si cada mes gastas 120, el que te está prestando para que puedas gastar más de 100 se cansará y te dejará de prestar. Así de sencillo. Ni ataques contra el Euro, ni mercados malvados. No nos hagamos líos.

Alguien podría decir: “¿Y si me estoy gastando más de lo que gano pero es para hacer una inversión que a medio plazo podré devolver porque habré creado riqueza?”. En efecto, para eso sirven los créditos. Pero ese no es el caso. El Estado español está pidiendo dinero a los prestamistas para el gasto corriente. Y eso no se sostiene. No es creíble.

2)      Antes participábamos de esta “fiesta” mil millones de seres humanos, y ahora somos dos mil millones. Y subiendo. La competencia se ha duplicado, no caigamos en clichés trasnochados: los jóvenes chinos son hoy día los más emprendedores del planeta y quieren comerse el mundo, literalmente. Eso de entrar a trabajar en la Hispano Olivetti y jubilarse en la misma empresa se ha terminado. El mercado es global. Así que más vale que os preparéis para competir con argentinos, tailandeses o surafricanos.

Y es bueno que así sea. ¿Por qué estar en contra de la globalización, si permite que otros miles de millones de personas gocen de una calidad de vida parecida a la nuestra? Lo contrario es ser egoísta. ¿Que aquí estaremos un poco peor? Sí o no. Depende de si nos lo curramos o no. Ahí está el ejemplo de Alemania. O incluso de Francia. Habrá que competir, mejorar, caminar hacia la excelencia.

Y mientras esto no se asuma estaremos dando vueltas alrededor de la farola sólo porque hay luz.

Para terminar:

Como habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, ahora nos tenemos que ajustar (ojo, casi ni hemos empezado a hacerlo). Y eso es doloroso. Lo único que podemos y debemos exigir a los que se encargan de la cosa pública es que lo hagan, y cuanto antes mejor. Y que den ejemplo. Y que practiquen la austeridad. Y que no salven empresas (cajas) con nuestro dinero. Que no metan la mano en la caja. Que respeten y hagan respetar las reglas del juego. Que la empresa que se haya equivocado, o sobredimensionado, se ajuste como pueda o cierre. Y que dejen crear trabajo a los que lo pueden hacer, que son los empresarios, los visionarios. Que no les pongan trabas, que no les demonicen, que, simplemente, les dejen poner en práctica sus ideas. Y basta de subvencionar con el dinero de todos mamotretos públicos y semipúblicos, y fundaciones, y películas, y … Que cada palo aguante su vela y se busque las habichuelas como hacemos la amplia mayoría de trabajadores. Para la resaca que nos viene no hay alkaseltzer que valga. Lo de impedir el desahucio del inquilino de la Moncloa no arregla nada, de hecho lo complica.

Y si no lo hacemos motu propio, nos lo harán. Y, visto como están ya las cosas, la probabilidad de un rescate es mayor que nunca. Pero tampoco se acaba el mundo: a Brasil la intervinieron hace unos años y ahora va como un tiro. Operación a corazón abierto, un tiempo de recuperación, y a funcionar.

Hombre, y también cabe otra posibilidad, como decía ayer uno de los tuiteros más divertidos e irónicos de la red, @elbaronrojo: “esto se arreglaba con un padrenuestro de los antiguos: “…perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.









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