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Hace unos años, el conocido empresario soriano Emiliano Revilla publicó un breve informe sobre crecimiento y población en el que proponía un nuevo concepto: “la riada de las cumbres”. Con ello quería poner de relieve el diferente tratamiento y consideración que los medios de comunicación, los gobiernos y la opinión pública tienen para las catástrofes que se producen de golpe, frente a aquellas otras que tienen lugar muy despacito, gota a gota.

Así, una riada en Valencia o un grave incendio en Galicia enseguida cautiva a los medios que, a su vez, influyen en los políticos lo cuales, sin duda, destinan de inmediato enormes cantidades de recursos públicos para paliar los daños y compensar a la población. Por el contrario, en amplias zonas de la Península –en particular las comarcas en el entorno del Sistema Ibérico, aunque no exclusivamente- no hay torrentes que se desborden ni son comunes los incendios aparatosos. Pero sí un goteo constante de empobrecimiento que, al igual que la erosión del viento, no se percibe de un día para otro sino sólo cuando se ve en perspectiva, con el paso de los años. Esa es la “riada de las cumbres”. ¿Y por qué de las cumbres? Revilla detectó que, desde la puesta en marcha del Estado Autonómico, todas las provincias del interior habían sufrido pérdidas en su recurso más valioso: la población. Bueno, todas no, la excepción la protagonizaban aquellas que eran capital de Comunidad Autónoma (el “nuevo” centralismo). Mientras tanto, las provincias costeras no habían dejado de crecer en todo este tiempo.

Cuento esto porque un fenómeno similar se está produciendo, desde que empezó la crisis, dentro del mundo empresarial. Es lugar común en la prensa noticias del tipo “el fabricante de automóviles “fulanito” va a despedir a 2.000 trabajadores”, o “la desaparición de la empresa “nosecuantitos” puede suponer la pérdida de 3.000 empleos en la comarca”. En todos estos casos, la Administración de turno enseguida se pone al habla con la dirección de la compañía y, para evitar el cierre o despido, le ofrece cuantiosas subvenciones o ayudas. En definitiva, que los salarios de los potenciales afectados los acabamos pagando entre todos, a veces a un coste injustificable.

Mientras tanto, día sí día también, cientos o miles de autónomos tienen que echar el cierre. ¿Y quién se ocupa de ellos? Nadie. A nadie le importa que un señor (o señora) que se autoemplea o que incluso da trabajo a tres o cuatro personas más se vea obligado a cerrar por las circunstancias que sean. Hablar de esto en términos globales queda bastante diluido, así que me permitirán que ponga el foco en una provincia concreta, Soria.

Soria es la provincia con menos población de España, apenas 90.000 habitantes. Todos ellos –incluyendo bebés, ancianos o enfermos terminales- cabrían en el Nou Camp y aún sobraría espacio. A fecha de agosto había censados en esta provincia 8.540 autónomos. A unos tres trabajadores por autónomo, quiere decir que unos 25.000 ciudadanos de esta provincia son o dependen de los autónomos. Dado que la población ocupada total es de 38.000 personas, aquellos suponen la nada desdeñable cifra del ¡66%! Del resto, 8.000 son funcionarios (el 21%, una de las tasas más altas del país). Por lo tanto, apenas 5.000 trabajadores -13%- lo son de empresas de tamaño mediano o grande (las menos).

En Soria pasa lo mismo que en el resto de España: las noticias que ocupan las portadas son las que hacen referencia a los EREs y despidos de las empresas importantes, que en el caso de esta provincia suelen estar protagonizadas por fábricas de embutidos o proveedoras de componentes de automoción. Pero no siempre: el periódico de más difusión de la provincia, Heraldo de Soria, se hacía eco en portada el pasado 31 de agosto de la siguiente noticia: “Los autónomos alertan de la posible quiebra de 1.400 y de la pérdida de 4.000 empleos”.

Dos páginas completas desgranaban la situación, absolutamente dantesca, del informe presentado por el representante provincial de CEAT (la federación española de autónomos) y que resumo a continuación:

-         El 16% (1.350) de los autónomos sorianos cesarán su actividad durante 2011.

-         Casi 5.000 personas dejarán de trabajar (se estima que de los 1.350 autónomos dependen cerca de otras 4.000 personas), lo que supone el 13% de la población ocupada.

-         El 54% de los créditos solicitados por este colectivo ha sido denegado el último año.

-         El 45% de los autónomos soportan morosidad pública: están financiando –tiene narices- a la administración.

-         El 50% suple la falta de financiación externa acudiendo a su patrimonio personal. Es decir, que muchos no cierran simple y llanamente porque están poniendo de su bolsillo.

Y copio el siguiente párrafo, íntimamente relacionado con la introducción a este artículo: “En este sentido, (…) aludió a Puertas Norma donde la amenaza de un ERE de extinción de 286 trabajadores ha puesto en jaque a toda la provincia y ha reparado (sic) también en las administraciones regional y nacional: “Desde luego que la pérdida de esos puestos de trabajo es una lacra, pero han caído muchos más de 200 autónomos en lo que va de crisis, y el goteo de bajas continúa”, advirtió”.

En este país no hay nada como ser sistémico, sólo así te hacen caso. El famoso “si debes un millón, tienes un problema; si debes mil, lo tiene el que te presta” es la gran enseñanza de esta crisis. Las pequeñas promotoras y constructoras han sido arrasadas durante la crisis; para ellas no ha habido piedad. ¿Piedad? En el mundo de los negocios no existe esa palabra, sino el interés. Pues es el interés el que ha favorecido la supervivencia de un buen número de entidades financieras y promotoras zombis que anegan, en estos momentos, nuestra economía. Cuando Zapatero reunió en la Moncloa a los treinta y pico presidentes de las principales compañías del país, la prensa elogiaba la oportunidad del cónclave ya que los convocados “representaban el 40% del PIB y empleaban a un millón de personas”. ¿Una cifra apabullante? Quizá la de PIB lo sea, pero la de trabajadores apenas representa el 5% de la masa laboral española.

¿Y los autónomos y Pymes? Descuenten ese millón, los tres de funcionarios y los cinco en paro y verán que trece millones de personas (el 60% de la población activa y casi el 80% de la ocupada) son ninguneados por las administraciones y los que las gobiernan. Trece millones que hacen que este país, cada mañana, funcione. Trece millones de héroes que juntos son mucho más sistémicos que el IBEX 35 al completo.

Para los pocos que el viernes decidimos no abandonarnos a la pereza de seguir en directo “la boda del año” el destino nos tenía reservada una mañana económicamente aciaga.

Los datos fueron cayendo como plomo sobre nuestras espaldas ya casi anestesiadas en uno de los peores momentos de nuestra economía desde que empezó la crisis: desplome del consumo, cierre mensual del euribor superando el 2%, inflación del 3,8%, empeoramiento de la balanza por cuenta corriente, y cifra histórica de desempleo. La combinación de todos estos elementos hace prever que el PIB del trimestre va a ser, si no negativo, rondando el cero (Santander avisó ayer que prevé que crezca el 0,2%).

Esto, que no es otra cosa que la constatación de que llevamos dos trimestres en estanflación (recomiendo que lean este post que escribí el 14 de enero) -se pongan como se pongan en el Ministerio de Hacienda- pone en evidencia la impostura de los líderes europeos durante las últimas semanas. Las buenas palabras de Merkel, Trichet, Strauss-Kahn, etc., coreando con nuestros dirigentes que “España no es Portugal”, con la misma pasión que en el Nou Camp gritan eso de “ese portugués,…”, han resultado no ser más que eso, gritos de hooligan (pueden leer también al respecto “Españoles, la guerra de la deuda ha terminado”).

Temerosos de que la caída de España arrastrara sus propias economías, los-que-de-verdad-manejan-el-cotarro se pusieron de acuerdo para frenar lo que parecía inevitable: el rescate de España. El hecho de que este viernes la bolsa no se resintiera y que el riesgo-país (el marcapasos de Zapatero) incluso se relajara es la prueba más evidente.

No quiero llenarles la cabeza de datos, pero no sería honesto si eludiera comentar dos que demuestran la inconsistencia de un Gobierno que cada vez más me recuerda a los marcianitos de “Mars Attacks” cuando, sin dejar de disparar a los congresistas americanos, proclamaban: “somos vuestros amigos, no huyáis”. Mientras se les llena la boca de austeridad y ahorro, el sábado se publicaba que los trabajadores en el sector público habían aumentado en 97.000. Por otro lado, ayer domingo, Carlos Cuesta desvelaba en “El Mundo” que la administración camufla 56.000 millones de euros de deuda en el entramado de empresas públicas, lo que facilita que al Ministerio le cuadren las cuentas del déficit (¡Ah, la ingeniería contable!, tan denostada en otros casos…).

Pero lo peor de todo es que no-pasa-nada. Ya lo dijo Zapatero en Pekín hace quince días: “No hay ninguna previsión en el horizonte de tener que hacer nuevas medidas de ajuste, no la hay”; “España ha hecho los deberes”. ¿Recuerdan las acusaciones al Barça de jugar “con red”? Pues nuestro Gobierno conoce bien lo que es eso de jugar con red: El moral hazard o riesgo moral es ese fenómeno que se da cuando, ante una situación de amenaza de quiebra, los agentes del mercado van a seguir asumiendo riesgos con la garantía de que si hay problemas, otros vendrán al rescate. Es decir, en lugar de tomar medidas preventivas, al sentirse confortado por la existencia de un seguro, desprecian el riesgo y siguen operando como si tal cosa.

Ante tal circunstancia las preguntas que podríamos hacernos son: ¿hasta qué punto serán capaces las grandes potencias de sujetar el tinglado? ¿Consideran que llegado marzo de 2012 las cosas cambiarán? Pero obtendríamos respuestas irrelevantes para nuestras economías familiares.

El problema de fondo estaba y sigue estando en el enladrillamiento del país. Nuestro sistema financiero, a valor de mercado, está quebrado. Las grandes inmobiliarias del país deberían estar quebradas (como veremos en el post de mañana). Las corporaciones locales, que vivían de los ingresos del ladrillo, están quebradas (esperen si no al 22-M).

Camuflar la realidad servirá para salvar el pellejo de políticos y de una cierta clase dirigente que cabalga a lomos de pseudoempresas oligopolísticas y otros lobbies, grupos de presión y sindicatos –con ellos no va la crisis-. Para los demás ya sabemos lo que hay en esta democracia inconclusa donde el libre mercado sólo funciona sin interferencias en los intercambios de cromos del patio del colegio y el riesgo, en los negocios, queda reservado para los que no forman parte de la casta.

El pasado miércoles, mientras media España preparaba sus vacaciones de Semana Santa y España entera no pensaba en otra cosa que no fuera el choque en la cumbre de los dos colosos del fútbol español, el Gobierno anunció el aumento de la desgravación por rehabilitación de vivienda hasta el 20% desde el 10% actual. Según Rubalcaba, el objetivo es “crear empleo y mejorar el parque inmobiliario”.

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