El autor de Adiós, Ladrillo, Adiós.

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El escenario adverso de los test de estrés, para el caso de España, contempla las siguientes hipótesis: 1) caída del PIB de un 1% en 2011 y un 1,1% en 2012; 2) caída del precio de la vivienda de un 21,9% hasta 2012, lo que supone un acumulado total del 34,2%; y del suelo de un 62,5%, 3) aumento de la morosidad al doble (100%); 4) desempleo del 22% en 2012.

En algunos medios de comunicación se hacen cruces ante este escenario, que tachan de apocalíptico. No obstante, y salvo en el caso del PIB –donde nos situaremos seguramente en un crecimiento de “cero coma” para este año, y parecido al que viene- las asunciones no son tan descabelladas. Incluso se quedan cortas en algún caso.

Sin embargo, no es ésta la única crítica que se puede hacer a la metodología empleada. Una de las carencias, bastante grave, es la de haber considerado un balance estático, tal y como expone Rubén Manso en este artículo de El Economista. La otra gran carencia es la de hacer como si no pasara nada con el problema de la deuda soberana. Muchos escribidores de nuestros medios lo han usado como un reproche a Alemania, pues entienden que el problema griego es sobre todo un problema para sus bancos. Sin embargo, Société Générale ha tenido a bien hacer este ejercicio que lo tienen a su alcance en este post de Kike Vázquez en Cotizalia, magníficamente interpretado. La hipótesis de SG es de una quita del 50% para las deudas griega, irlandesa y portuguesa; y de un 20% para la italiana y la española. El resultado es que los peor parados son, como es lógico, los bancos de los países periféricos. La pena es que SG sólo ha tomado en consideración algunos bancos (cinco españoles): me hubiera gustado ver el resultado para nuestras queridas cajas.

Pero volvamos a lo nuestro. En España hay alrededor de 1,4 billones de euros en préstamos con respaldo inmobiliario y de la construcción que se reparten de la siguiente manera:

Crédito promotor y constructor: 430.000 millones de euros. Tomaremos sólo los 350.000 millones que corresponden con al crédito promotor

Saldo vivo hipotecario: 1.000.000 millones de euros , de los cuales alrededor de 670.000 son hipotecas a particulares para adquisición de vivienda. Asumo para el cálculo que vamos a hacer la última cifra pues entiendo que es la que se ha elegido para  el ejercicio de estrés.

El lunes, Juan Fernández-Aceytuno, director general de Sociedad de Tasación, publicó un post muy interesante en Expansión. En él se explica cómo se calcula la pérdida esperada, y a continuación transcribo el ejemplo que F. Aceytuno utiliza: “si un inversor tiene 1.000 préstamos hipotecarios de 250.000 euros cada uno, con una probabilidad de impago del 5% y con una caída media del valor de la vivienda más gastos de recuperación de un 40%, la severidad de la pérdida sería del 2% (multiplicación de un 5% por un 40%) y la pérdida esperada por tanto ascendería a 5 millones euros, de un total de 250 millones de euros que tiene de valor la cartera…”. Usaremos, pues, el método para calcular grosso modo el estrés inmobiliario.

Empecemos por promotores: la tasa de mora actual es de alrededor del 15%. En el caso adverso, según me han informado, la tasa que se ha aplicado es del 41% (francamente elevada). Asumiendo una caída de precios del 50% (dado el peso del suelo en la cartera de los promotores), la pérdida total esperada es de 71.750 millones. Según la EBA, son 66.000 millones, así que nuestros números gruesos se aproximan bastante. ¿Es mucho o poco?

Sigamos por hipotecas: la tasa de mora es del entorno del 2,5%. Doblémosla (5%) y apliquémosla asumiendo una caída de precios del 34%. Me salen 11.400 millones, mientras que a la EBA 13.500, probablemente debido al uso de números gruesos, y también a que las entidades financieras presentadas a los test no son el 100% mientras que los números que yo uso sí.

En total, unos 80.000 millones de euros de pérdidas máximas. Sobre una inversión total de 1 billón representa el 8%. ¿Mucho o poco?

Antes de seguir, una reflexión sobre la metodología usada por las autoridades financieras: si os fijáis, la bajada de precios apenas tiene impacto sobre la valoración de los activos en los balances bancarios. De hecho, sólo cuando la persona titular del crédito entra en dudosidad, es cuando se empieza a hablar de pérdidas. Esto es muy relevante puesto que, si se hiciera una valoración mark-to-market de todo el balance, la pérdida del subyacente sería bestial, la segura quiebra del sistema. Lo que quiero destacar aquí es que, hacerlo o no hacerlo, es sólo un criterio contable, nada más.

En cualquier caso, asumiremos la metodología (aunque, en puridad, no debería hablarse de activos tóxicos, sino de “personas tóxicas”).

Promotores

¿Os parece correcto asumir, para suelo, una bajada total desde máximos de un 62,5%? De esto algo sé, y os puedo decir lo siguiente: los suelos urbanizables –el viernes dedico a esto el post- valen hoy apenas el 10% de lo que valían en el boom. Respecto de los suelos urbanos o finalistas, las bajadas pueden ir desde un 25-50% en grandes ciudades y zonas urbanas hasta un 50-70% en costa o urbanizaciones periféricas. No dispongo de datos acerca de cuál es el peso de cada tipo de suelo en los balances de los bancos, aunque dada la apetencia de los promotores por los nuevos desarrollos en los últimos tiempos del boom, me inclino a pensar que la parte de urbanizables es importante, por lo que un descuento del 62,5% se me antoja escaso. Me sentiría más cómodo en el entorno del 70-75%.

¿Y una  mora del 41%? Francamente es elevada. ¿Lo suficiente como para cubrir las “ayudas” que graciosamente han sido concedidas a la banca? A saber: 1) prórroga del sistema de valoración de los suelos urbanizables según la Ley del Suelo de Aznar (que precisamente termina a finales de año) sin la cual éstos deberían ya valorarse como rústicos; 2) modificación de la Ley de Sociedades Anónimas (art. 260) que de facto evita la quiebra y disolución de las promotoras inmobiliarias. Puede que sí, puede que no. Lo que está claro es que un verdadero test de estrés debería contemplar un escenario en el que las leyes se aplicaran sin excepciones.

En cualquier caso, sin tocar la mora, y subiendo la pérdida del suelo hasta el 75% nos iríamos hasta 107.600 millones, es decir, 36.000 más que ahora.

Hipotecas familias

¿Una bajada de precios del 34,2% en los precios de la vivienda, es creíble? Mucho me temo que no. Y todavía menos para 2012. Si Promora, agencia especializada de la Moraleja (urbanización lujosa de Madrid), dice que los precios han bajado en la zona entre el 30-40%; si en Serrano la única promoción de obra nueva que había en 2007 tuvo que bajar el precio un tercio y así poder liquidar en 2009, está claro que los precios reales han bajado, de media en todo el país, más cerca del 50% que del 30%. Y todos los que estamos en esto sabemos que es así. ¿Que las viviendas de los bancos se venden por menos descuento? Sí, claro, con financiaciones del 110% y spreads de “cero coma” yo también vendo.

¿Y una mora del 5%? Bajo mi punto de vista, no recoge en absoluto los riesgos y amenazas que están acechando. ¿Por qué? De entrada, si tiene algún amigo director de banco, hágale la siguiente pregunta: ¿por cada uno que entra en mora, cuántos tienes en puertas? Yo lo he hecho, y la respuesta es desoladora: entre 10 y 20. Si esto fuera algo pasajero (un año o dos) pues la sangre no llegaría al río pero, claro, llevamos cuatro años de crisis y dos más como mínimo no nos los quita nadie. Y ante esta situación hay tres amenazas muy claras:

1)      agotamiento de ahorros/ayudas (desempleo/menos ingresos larga duración). Los millones de familias con al menos un parado están llegando al límite. Los arreglos y apaños con el banco, o las ayudas de los parientes/amigos no son eternas, máxime cuando éstos tampoco van sobrados.

2)       Subidas de tipos. Un test de estrés adverso a dos años vista debe recoger las consecuencias de la potencial subida del euribor en las cuotas hipotecarias en familias con ingresos menguantes e impuestos, luz, gas, petróleo, etc., crecientes.

3)      Presión social. Que puede desembocar en la aprobación por los gobiernos de medidas populistas que incentiven la mora, siendo su máxima expresión la dación en pago.

Así las cosas, ¿cuál sería una tasa de mora hipotecaria razonable para cubrir un escenario adverso de aquí a dos años? Sinceramente no lo sé, pues se puede argumentar hacia uno u otro lado. ¿Cinco veces la actual está bien? Eso daría un 10%. Probemos a ver qué pasa.

Por tanto, con mora del 10% y descuento del 50%, la pérdida esperada alcanzaría 33.500 millones de euros, 20.000 más que en la actualidad.

Por lo tanto, el desfase que a mí me sale entre lo declarado por la EBA/Banco de España y lo que a mí me dejaría tranquilo asciende a 56.000 millones. Cifra que, creo recordar, ha sido mencionada por algún banco de inversión o agencia de rating.

Pero, ojo, esto no es todo: el test de estrés no ha cubierto ni el problema de la deuda soberana (ver artículo de Kike Vázquez ut supra), ni el del encarecimiento del crédito por el incremento de la prima de riesgo, ni el de los cientos de Ayuntamientos y CCAA en quiebra técnica.

 

Saquen sus propias conclusiones.

Recuerdo que Zapatero, en enero de 2009, acudió a una velada televisiva para someterse al juicio de un centenar de ciudadanos –bastante cabreados, pero no tanto como lo estarían ahora- donde lanzó básicamente dos mensajes: que era el momento de consumir (dos años después, Campa sigue con lo mismo), y que la economía es un estado de ánimo: así, pensaba que en la medida en que recuperáramos la confianza romperíamos el círculo vicioso que nos atenazaba.

Todas y cada una de las decisiones que ha tomado el Gobierno desde entonces han contribuido a generar justo lo contrario. El agravamiento de la crisis durante aquel año de 2009 (en que el ejecutivo malgastó 8.000 millones en el Plan E, entre otras nefastas medidas) condujo a la pseudointervención de nuestros destinos en mayo del año pasado. El cambio de rumbo –aunque pudo parecer drástico, al menos de palabra- que inició el Gobierno hace diez meses no se ha concretado en un plan integral, audaz, valiente y sincero. Se ha limitado a ir parcheando, a achicar agua. De ahí las sucesivas crisis que ha tenido que soportar nuestra deuda, pública y privada.

En la última prórroga que conseguimos el pasado noviembre, Elena Salgado lanzó un mensaje que bien podía parecer que, por fin, se estaba agarrando el toro por los cuernos: Información normalizada sobre la cartera inmobiliaria (promoción inmobiliaria y residencial hipotecaria) de bancos y cajas, y loan to value (referencia entre los préstamos concedidos y el valor de los activos correspondientes) fueron las dos promesas que, por un momento, me hicieron pensar que esta vez la cosa iba en serio.

Por eso me llevé una terrible decepción cuando MAFO, un par de semanas después, declaró que: “el valor de los activos de la banca española no puede haber variado significativamente en tres meses”. Y también que: “Nada ha cambiado sustancialmente del resto de las hipótesis y, sin embargo, los mercados han parecido olvidarlo”.

Así que en absoluto me ha extrañado el íter seguido por el Banco de España durante las últimas semanas, primero con la poco realista foto que se ha divulgado de la exposición inmobiliaria del sistema financiero; y después con la cifra (15.152 millones) considerada como mágica para solucionar nuestros problemas.

Lo que sin embargo sí me ha sorprendido ha sido la reacción del personal ante la rebaja de Moody’s. ¿Qué otra cosa cabía esperar ante la decepción del camino emprendido? ¿En qué hubiera cambiado anunciar el recorte después de que el BdeE diera sus cifras si, en todo caso, iban a estar por debajo de 20.000 millones? El Gobierno se inventó una fórmula para salir del atolladero que nada tenía que ver con el saneamiento del sistema financiero. Y esa fórmula no ha colado. Moody’s está realizando una valoración del riesgo real de nuestro Estado y de sus entidades financieras. Mientras que el Gobierno ha pretendido confundir al personal inventándose una fórmula barata para generar eso que tanto imploraba Zapatero en TVE: confianza.

Y no sólo no ha colado ante las agencias de calificación de riesgo o ante los analistas de los bancos internacionales de inversión. El Banco Central Europeo (ojo, en el que está integrado nuestro Banco de España), dentro de la prudencia que caracterizan sus declaraciones,  ha emitido un dictamen sobre el Decreto-Ley de Reforzamiento del Sistema Financiero que debería ser suficiente para que el Gobernador del Banco de España y la Ministra de Economía presentaran su dimisión:

1. “Se requiere una valoración crítica del activo del balance de las entidades de crédito en la actual fase recesiva del ciclo económico y en situación de excepcionalidad para parte del mercado, en particular el sector inmobiliario”. “Aunque hasta ahora el Banco de España ha sido conservador en esa valoración, debería aprovecharse la oportunidad que brinda el Real Decreto-ley para abordar con determinación cualquier duda que persista sobre la misma”.

Traducción: Previo a Decretos y recapitalizaciones deberíais hacer, de una vez, un reconocimiento de la pérdida de valor de los activos inmobiliarios. Ya vale de medias tintas.

2. “El adelanto de unos dos años respecto del calendario global de aplicación del Acuerdo de Basilea III sobre el capital de las entidades de crédito podría ser complicado para éstas e incrementar el riesgo de efectos negativos transitorios en los flujos de crédito a la economía real: debe tenerse en cuenta que el Comité de Basilea optó por medidas transitorias precisamente para conciliar las necesidades de mayor estabilidad financiera y disponibilidad de crédito”.

Traducción: está bien que exijáis un capital del 8 o del 10, pero a su debido tiempo: si en Basilea se aprobó un calendario de varios años para su implementación no fue por capricho, sino porque hacerlo a toda prisa supondría un empeoramiento del flujo del dinero en las economías. Es decir, que si ya estáis mal por la desconfianza que generan vuestras cajas y bancos, esta vuelta de tuerca, además de no solucionar el problema de fondo, va a suponer una nueva losa para vuestro tejido empresarial.

3. “En lo que se refiere a las políticas fiscales, es imprescindible que todos los Gobiernos apliquen plenamente sus respectivos planes de consolidación fiscal en 2011”. “Reforzar la confianza en la sostenibilidad de las finanzas públicas es crucial, puesto que reducirá las primas del riesgo de tipo de interés y mejorará las condiciones necesarias para un crecimiento sólido y sostenido”

Traducción: Habéis reducido algo el deficit, pero no parece que sea suficiente para recuperar la confianza. ¿Por qué? Porque ha sido a costa de aumentar los ingresos del Estado vía impuestos –aumentando la presión sobre las clases medias- y no mediante la reducción del gasto que, no sólo no se ha reducido sino que (increíble) ha aumentado.

La reprimenda del BCE no puede ser más dura ni tampoco más explícita. Este informe bastaría para que Moody’s, Fitch o S&P degradara nuestra deuda dos escalones. Pero a nadie le interesa que España caiga. Ya lo dijo Roubini: “too big to fail; too big to bail out”.

Y mientras tanto querido presidente, en España, ni consumo, ni confianza.

¿De qué va esto de la recapitalización de las Cajas? ¿Qué es eso del Real Decreto Ley de Reforzamiento Financiero? Pues consiste en elevar los recursos propios de estas entidades.

¿Hasta qué punto? Hasta el 8% para todas, que puede ser del 10% para las que no coticen en bolsa. ¿Y esto qué significa a efectos prácticos? Que de cada 100 euros que presta la entidad, 8 ó 10 los tendrán que poner sus accionistas. ¿Y hasta ahora cómo era? Hasta ahora era un 2%. ¿Y por qué esa cifra y no otra? Porque, tras la crisis, y para evitar que se reprodujera en un futuro la misma, se ha firmado un acuerdo que afecta a todos los bancos del mundo conocido como Basilea III. Basilea III exige este capital mínimo a las entidades… a partir del año 2019. ¿Y por qué aquí se va a aplicar desde ya? Porque se considera que elevando los recursos propios de las Cajas hasta ese nivel los inversores dejarán de temer el posible agujero inmobiliario latente: tal nivel de recursos propios será suficiente para cubrir cualquier contingencia. ¿Es eso cierto? Lo cierto es que la incertidumbre se mantiene: aún asumiendo que los activos tóxicos fueran los que ha señalado el BdeE (algo que no se tiene en pie según vimos en el post anterior), seguimos sin saber cuáles son las pérdidas potenciales de las cajas. No olvidemos que, además, todo se basa en una foto fija, una instantánea a 31 de diciembre de 2010. Y con mucho photoshop.

Cuando se hizo este anuncio hace unas semanas, así, en crudo, muchos (sobre todo los políticos) temblaron. Pero hete aquí que, al final, tanto CiU como el PP van a terminar apoyando la ley (no en vano en las comunidades que gobiernan estos partidos hay unas cuantas cajas que difícilmente podrían alcanzar los requisitos exigidos) dado que la redacción final ha quedado, digamos, descafeinada. ¿Por qué?

-         Plazo: si antes todo el proceso tenía que estar cerrado para septiembre, ahora se puede alargar hasta marzo del año que viene.

-         Qué se considera ahora capital: i) las ayudas estatales (Frob); ii) las obligaciones que se conviertan en acciones antes de 2015 (“producto” que las sucursales intentarán colocar a las “abuelitas”); iii) los beneficios futuros de carteras que todavía no hayan liquidado.

-         Control y gobierno: el hecho de que el Frob aporte capital no tendrá ninguna consecuencia, será sólo un socio financiero, por lo que seguirán los mismos gestores que hasta ahora. Incluso aunque el capital lo aportaran inversores privados, el control de las entidades quedará, en última instancia, en manos de las Comunidades Autónomas y los ayuntamientos. ¿Quién, en su sano juicio, va a poner dinero en manos de los políticos?

Como consecuencia, muchas de las Cajas van a poder cumplir con unos requisitos (y para las que no, el Frob les bastará) que, lejos de generar confianza, a mí me parece que van a provocar más incertidumbre porque, ¿qué clase de reforzamiento es aquél que deja las cosas más o menos como están? ¿Cómo es posible que los gestores de las entidades sean los mismos que las han puesto a los pies de los caballos? ¿Para qué exigimos un capital muy elevado si luego se puede cubrir en buena parte con ingeniería contable? Si todo el problema inmobiliario se reduce, según dicen, a 20.000 millones, ¿no hubiera sido más fácil sanear directamente?

Son muchísimas (y autorizadas) las voces que se han alzado reclamando que, antes que la recapitalización, se debe producir, la limpieza, el saneamiento. Es cierto que, estos días, las Cajas han presentado sus cuentas con alto grado de detalle pero, ¿de qué sirve esto? Nos han dicho cuáles son los activos que ellos (a su exclusivo criterio) consideran tóxicos por razón del deudor pero, ¿por qué no nos ofrecen una valoración de los activos independientemente de su titular? Esta, y no otra, es la gran asignatura pendiente.

De hecho, sólo aplicando la bajada de valor oficialmente reconocida (20%) supondría que de la cartera hipotecaria de las cajas se habrían esfumado (370.000 * 20%) 74.000 millones de euros más de los reconocidos. Eso que dice el BdeE de que el “loan to value” de la cartera hipotecaria está al 62% no resiste medio asalto. ¿A qué estamos jugando de nuevo? Y en los bancos, ¿qué pasa? ¿Es que no han estado en la España del boom inmobiliario?

La intervención de las cajas –y toda la crítica que está cayendo sobre ellas, por supuesto que casi siempre justificada- no es sino un cortafuegos para evitar que las dudas de los inversores se centren en el resto de las entidades financieras y, por supuesto, en el Estado.

¿Y por qué han elegido las Cajas como cabeza de turco? Porque las Cajas “no son de nadie” (aunque en verdad son de todos) y se justifica mejor socializar las pérdidas; porque no cotizan y por tanto no están sujetas al escrutinio del mercado; porque –como en “El Gatopardo”- es el mejor terreno para cambiar todo para que todo siga igual (y los gestores de tinte político puedan seguir jugando la partida).

Lo que resulta evidente es que las autoridades han empezado la casa por el tejado: ¿cómo, con una cifra irrisoria, podemos tapar el problema?, se preguntaron en el solariego edificio de Alcalá con Paseo del Prado. “¡Ya lo tengo!” diría algún iluminado mientras se frotaba la nariz al estilo de Vickie el Vikingo. “¿Por qué no elevamos el capital core? ¡Eso no nos saldría por más de 20.000 millones!”. “Y ya si contabilizamos como capital lo que se nos vaya ocurriendo según se negocie el Decreto con la oposición, no te digo nada”.

Pues eso, que con 100.000 millones considerados “problemáticos” y una cobertura ya ejecutada de 37.000 millones, a poco que aporten el Frob, las “abuelitas”, y, si acaso, algunos inversores despistados (o presionados), aguantaremos sin problemas esos escenarios de “stress máximo” que tan eficazmente sortearon hace unos meses los bancos irlandeses. Incluso igual cuela. Lo que no nos quita nadie es otro año de sequía financiera como poco.

Prácticamente todos los que informamos y opinamos de esto -incluido yo mismo- estamos, en estos momentos, enfocados en el problema urgente (e importante) de conocer la exposición real de la banca al sector inmobiliario, entendiendo por tal no tanto el número y valor inicial de los activos, sino la calidad y valor actual de los mismos en relación con el de los deudores que los poseen.

Tan es así que, tanto el Gobierno como las propias entidades, han dejado de poner el foco en el valor de los activos para centrarse, sobre todo, en los deudores. “¡Qué más da lo que valga ese piso! Lo que les importa es la capacidad de fulanito de seguir pagando la cuota”. Y esa capacidad es muy alta (los fallidos representan un % irrisorio) habida cuenta de la pena de “galeras y excomunión” que supone para el infractor.

Y siendo este un problema de máxima gravedad, estamos dando de lado a otro que es el que verdaderamente subyace: la condena a toda una generación de españoles a la incertidumbre del tipo variable por toda su vida laboral. Imaginemos por un momento que la crisis se hubiera superado. ¿Supondría el fin de las amenazas para las familias? Antes al contrario, implicaría su profundización. En el marco de una economía boyante, tendríamos que apechugar con un escenario de tipos de interés elevados o, como mínimo, con el de unos tipos de interés inciertos, que se moverían, ora arriba, ora abajo. Las familias, que en un momento histórico de tipos bajos ya destinan cantidades del entorno del 40% de sus ingresos al pago de la cuota hipotecaria, permanecerán durante décadas al borde del infarto, pendientes de un euribor que condicionará todas sus decisiones de consumo importantes (compra de coche, vacaciones de verano, etc.).

Por eso me preocupa, más que ninguna otra cosa, la actual facilidad crediticia que la banca está poniendo a disposición de los compradores de sus viviendas: financiación que cubre el total del precio e incluso los gastos, a tipo de interés variable de euribor más un diferencial mínimo, plazos de amortización infinitos, e incluso periodos iniciales de carencia.

Nadie ha denunciado esta situación, nadie ha levantado la voz. Tengo claras las prioridades de la banca en este sentido, pero ¿es este el modelo que desea el Gobierno, la oposición, el Banco de España, los consumidores y los medios de comunicación? O no hemos entendido todavía la naturaleza de esta crisis, o no la queremos reconocer. Lejos de invertir esta tendencia que ya supone un drama para los centenares de miles de compradores de los años del boom, estamos alimentando al monstruo de la deuda incierta para los noveles.

Las bondades del reconocimiento del valor real de los activos –como la introducción de la “dación en pago”, que no haría sino acelerar este proceso- no sólo son relevantes por cuanto inyectarían dinamismo a un mercado intervenido y cuasidesaparecido, sino que residirían en la posibilidad de reinstaurar un modelo hipotecario de cuotas fijas y plazos de amortización razonables. Sólo con una bajada de precios importante sería posible aplicar este modelo sin pérdida de la capacidad adquisitiva de las familias. Sólo así podremos reconducir las economías familiares hacia una senda de optimismo hacia el futuro.









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